Por primera vez, Lupita dejó de actuar como una mujer tímida. Sus ojos se endurecieron con un odio antiguo, cansado, casi familiar.
A mediodía, la policía entró por ella. Robles la esperaba en el pasillo.
—Lupita Hernández, acompáñenos.
Lupita volteó hacia mí.
—Tú no debiste meter al gato.
Esa frase me persiguió toda la tarde.
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