Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

Por primera vez, Lupita dejó de actuar como una mujer tímida. Sus ojos se endurecieron con un odio antiguo, cansado, casi familiar.

A mediodía, la policía entró por ella. Robles la esperaba en el pasillo.

—Lupita Hernández, acompáñenos.

Lupita volteó hacia mí.

—Tú no debiste meter al gato.

Esa frase me persiguió toda la tarde.

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