Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

—Eran tamales.

—¿Tamales?

—Mi compañera Lupita me los daba. Yo… no me los comía. Se los daba a un gato.

El policía que estaba junto a la puerta intercambió una mirada con Robles.

—¿Tiene alguno todavía?

Recordé el tamal de esa mañana. Estaba en mi cajón, dentro de una servilleta, porque no había encontrado a Pancho.

Cuando se los entregué, no lo tocaron con las manos. Lo guardaron en una bolsa transparente como si fuera una prueba de asesinato.

—¿Qué encontraron en el camellón? —pregunté.

Robles tardó en responder.

—Restos de comida mezclados con sustancias tóxicas. Y una caja metálica enterrada bajo las plantas muertas.

—¿Una caja?

—Adentro había credenciales rotas, ropa manchada y frascos vacíos.

El aire se me fue.

—Yo no sabía nada.

—Por eso estamos hablando con usted.

Cuando salí, Lupita seguía en su lugar. Tecleaba despacio, como si nada. Pero levantó los ojos y me miró con una calma que me dio náuseas.

Esa noche le conté todo a mi esposo, Raúl.

Esperaba que se asustara. Que me abrazara. Que llamara a alguien. Pero solo dejó el control remoto sobre la mesa y dijo:

—Seguro es un malentendido.

—Raúl, encontraron químicos. Y el gato desapareció.

—Elena, siempre haces dramas.

Su frialdad me dolió más que la sospecha.

A medianoche, mientras fingía dormir, escuché la puerta del refrigerador. Abrí los ojos apenas. Raúl estaba en la cocina, revisando el congelador.

Yo había guardado ahí un tamal de días anteriores, por si acaso.

—¿Qué buscas? —pregunté desde el pasillo.

Se sobresaltó.

—Agua.

—El agua está en la jarra, abajo.

Cerró el congelador demasiado rápido.

A la mañana siguiente no fui a la oficina. Fui directo con la oficial Robles y le entregué el tamal congelado.

Cuando le dije que Raúl había intentado buscarlo, su expresión cambió.

—¿Su esposo conoce a Lupita?

Quise decir que no.

Pero recordé la posada de la empresa. Lupita derramando ponche sobre su blusa. Raúl ayudándola con servilletas. Ella sonrojándose. Él preguntándome después: “¿Esa es la muchacha calladita de tu área?”

Robles puso una foto sobre la mesa.

Era una credencial partida por la mitad. El nombre decía: Marisol Andrade.

Sentí un golpe en el estómago.

—Ella trabajaba antes en su puesto —dijo Robles.

Sí. Todos decían que Marisol había renunciado de un día para otro porque era conflictiva. Lupita me lo contó la primera semana, bajando la voz como si compartiera un secreto.

—Marisol también recibía comida —agregó Robles—. Y también alimentaba al mismo gato.

Cuando llegué a la oficina, sobre mi escritorio había otro tamal.

Lupita me sonrió.

—Hoy te traje uno especial.

No lo toqué.

—Ya no tengo hambre.

Su sonrisa desapareció.

—Pero siempre te los comes.

La miré fijo.

—No todo lo que una acepta, se lo traga.

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