Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

Mi compañera me regalaba tamales a diario y, sin saberlo, yo se los daba a un gato callejero. Un mes después, la policía acordonó el camellón donde él vivía. “¡De esa oficina tiraban cosas!”, gritaron aterrados al desenterrar un perturbador secreto.

Al volver a casa, Raúl ya no estaba. Se había llevado ropa, dinero y mi computadora. Sobre la mesa dejó una servilleta manchada de masa.

Tenía una frase escrita con marcador negro:

“Pregúntale a Lupita qué hizo con Marisol antes de preocuparte por el gato.”

Entonces mi celular vibró.

Número desconocido.

“Tu marido acaba de llegar conmigo. Dice que tú sigues.”

PARTE 3

Le mandé la captura a Robles. No me respondió con palabras. A los cinco minutos tenía una patrulla afuera de mi edificio.

Fuimos al departamento de Lupita sin sirenas. Yo iba en el asiento trasero, con las manos tan frías que apenas podía mover los dedos.

En mi cabeza solo había una imagen: Raúl revisando mi congelador, no como un esposo preocupado, sino como alguien buscando destruir una prueba.

El edificio de Lupita estaba en una calle estrecha, con puestos de tacos cerrando y perros ladrando desde las azoteas. En el tercer piso había luz.

Robles me pidió quedarme abajo.

No obedecí.

Subí detrás de los agentes.

La puerta estaba entreabierta. Desde afuera olía a cloro, masa dulce y algo podrido.

Adentro, Raúl estaba junto a la mesa con una mochila. Lupita tenía un cuchillo en la mano y sangre en el labio. No parecía asustada. Parecía furiosa.

—Tú dijiste que ella sí se los comía —le gritó a Raúl—. Tú dijiste que era dócil.

Robles la desarmó en segundos.

Raúl levantó las manos.

—Yo vine a buscar respuestas. Ella está loca.

Pero la mochila lo traicionó.

Adentro estaban mi laptop, dinero, documentos de mi seguro de vida y una memoria USB con fotos mías entrando y saliendo de la oficina.

Sobre la mesa había frascos pequeños, servilletas marcadas por fechas y una libreta.

Robles la abrió.

En la primera página estaba mi nombre.

En la segunda, Marisol.

Debajo de cada día había notas:

“Comió poco.”

“No comió.”

“Se lo llevó.”

“Gato.”

Me apoyé en la pared para no caerme.

Los tamales no eran regalos.

Eran pruebas.

Lupita estaba midiendo cuánto veneno podía llegar a mi cuerpo sin que nadie sospechara. Y Pancho, el gato callejero al que todos ignoraban, había recibido lo que estaba destinado para mí.

—¿Por qué? —pregunté.

Lupita me miró con una rabia seca.

—Porque ese puesto era mío. Marisol se fue y yo iba a subir. Pero llegaste tú, con tu cara de buena, tu esposo, tu título, tu vida perfecta.

—Marisol no se fue —dijo Robles—, ¿verdad?

Lupita sonrió apenas.

—Marisol hacía demasiadas preguntas.

Raúl empezó a llorar. Dijo que no sabía del veneno. Que Lupita lo había manipulado. Que él solo quería asustarme, hacerme parecer inestable, quedarse con el seguro si algo pasaba.

—Yo no quería que murieras —dijo.

Lo miré y sentí que algo dentro de mí se rompía sin hacer ruido.

—Planeaste mi muerte con mucho cuidado para alguien que no quería matarme.

Lupita gritó entonces que Raúl le prometió dejarme. Que le dijo que yo tomaba pastillas para dormir, que nadie sospecharía si enfermaba poco a poco. Raúl le gritó que se callara.

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