PARTE 1
—Si te quiere tanto, cómete el tamal aquí, delante de todos.
Eso dijo Patricia, mi jefa, aquella mañana en la oficina, mientras todos se quedaban callados y Lupita sostenía una bolsita de plástico con dos tamales dulces, todavía calientitos.
Yo sonreí como pude.
—Claro —respondí—. Solo voy por un café.
Lupita bajó la mirada, como siempre. Era una mujer de voz suave, de esas que parecen pedir perdón hasta por respirar. Llevaba casi un mes dejándome desayuno sobre el escritorio: tamales de fresa, de piña, de elote, envueltos con tanto cuidado que rechazarla parecía una grosería.
Decía que los hacía su mamá en Iztapalapa, que se levantaba de madrugada, que le daba gusto compartirlos conmigo porque yo “le caía bien”.
La verdad era otra.
A mí no me gustaban los tamales dulces. Menos a las ocho de la mañana. Pero tampoco quería humillarla frente a todos. El primer día probé un pedacito, dije que estaba delicioso, y su cara se iluminó como si le hubiera salvado la vida.
Desde entonces, cada mañana repetíamos el mismo teatro.
Ella me daba los tamales.
Yo le daba las gracias.
Y cuando nadie miraba, salía por la puerta trasera de la cocineta, bajaba a las escaleras de emergencia y se los dejaba a un gato callejero que vivía entre una caja de cartón y un montón de macetas rotas.
Era un gato flaco, gris, desconfiado. Yo lo llamaba Pancho.
Al principio me bufaba. Después empezó a esperarme.
Así pasaron treinta días.
Yo alimentaba al gato con la comida que Lupita decía preparar con cariño. Y Lupita seguía observándome desde su escritorio, con esa sonrisa tímida que cada vez me parecía más difícil de leer.
El viernes todo cambió.
Bajé como siempre con los tamales escondidos dentro de una servilleta. Pero Pancho no apareció. Lo llamé bajito, chasqueé los dedos, miré detrás de las macetas. Nada.
Pensé que habría encontrado otro refugio.
Regresé a la oficina con una incomodidad en el pecho.
Horas después, escuchamos gritos desde la calle.
Nos asomamos por la ventana. En el camellón frente al edificio, don Julián, el jardinero, estaba pálido, sentado en la banqueta. Había dejado la pala tirada sobre la tierra abierta. Varias personas rodeaban el lugar, pero nadie se acercaba demasiado.
Luego llegaron dos patrullas.
Después una camioneta de peritos.
La policía acordonó todo con cinta amarilla.
Patricia murmuró:
—¿Qué demonios encontraron ahí?
Un vecino señaló hacia nuestro piso.
—¡De esa oficina tiraban cosas! ¡Yo los vi!
Sentí que se me helaban las manos.
Porque ese camellón quedaba justo debajo de la escalera donde yo dejaba los tamales. Y en los últimos días, las plantas de esa zona se habían secado como si alguien les hubiera vaciado veneno.
Entonces vi a Lupita mirarme.
Ya no sonreía.
Y por primera vez entendí que quizá los tamales nunca habían sido para mí por cariño.
No podía imaginar lo que estaba a punto de salir de aquella tierra.
PARTE 2
Los policías subieron menos de media hora después.
Preguntaron por mí usando mi nombre completo: Elena Morales.
Me llevaron a la sala de juntas. Una oficial de apellido Robles cerró la puerta con cuidado y se sentó frente a mí. No parecía acusarme, pero tampoco parecía creerme inocente.
—Las cámaras la muestran bajando todos los días a las 7:40 —dijo—. Siempre con algo en la mano.
Tragué saliva.
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