Carmen lo miró con una mezcla de tristeza y resentimiento profundo. “El doctor Montalvo borró el expediente de mi hija, señor Garza. Dijo que su primer diagnóstico fue un error. Lo hizo porque yo no usé sus medicinas de laboratorio. Yo usé la medicina de mis abuelos de Oaxaca. A él no le convenía que el mundo supiera que una mujer pobre y sin estudios curó lo que sus millones no pudieron”.
La mujer tomó a la niña y salió apresuradamente de la fonda, pero antes de cruzar la puerta, Lupita dejó caer un papel arrugado en la mesa. Roberto lo desdobló con manos temblorosas. Era un número de teléfono. Pero no fue eso lo que le heló la sangre. Fue la revelación que acababa de golpear su mente. El doctor Montalvo era el investigador principal al que Biomédica Garza le acababa de otorgar una donación de 20 millones de dólares para crear un tratamiento de por vida contra el TNDP.
Un tratamiento de por vida que generaría miles de millones en ganancias, siempre y cuando nadie descubriera jamás una cura definitiva. Roberto apretó el papel contra su pecho; no podía creer la monstruosidad que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
Esa misma noche, la maquinaria de poder de Roberto Garza se puso en marcha. Encerrado en su despacho, ordenó a su equipo de seguridad cibernética que hackeara los archivos privados del hospital del doctor Montalvo. A las 3 de la madrugada, los resultados confirmaron sus peores sospechas. Los expedientes originales de Lupita, fechados 3 años atrás, mostraban escáneres cerebrales idénticos a los de Diego. El diagnóstico original de TNDP era innegable, firmado y sellado por 3 especialistas distintos. Sin embargo, 18 meses después, Montalvo había alterado el sistema, reclasificando el caso como una “anomalía nerviosa temporal”.
Roberto sintió náuseas. Montalvo había silenciado un milagro médico para proteger los subsidios de investigación de Biomédica Garza. El corporativo de Roberto estaba financiando la creación de un medicamento que mantendría a los pacientes enfermos pero estables, asegurando clientes cautivos de por vida. Una cura basada en medicina tradicional mexicana arruinaría un negocio de 500 millones de dólares. Su propio dinero había financiado al monstruo que ahora le negaba la esperanza a su hijo.
A las 6 de la mañana, Roberto tomó una decisión radical. Despidió a su equipo corporativo y condujo hasta el humilde barrio donde vivían Carmen y Lupita. Les rogó de rodillas, ofreciéndoles su vida entera a cambio de ayuda. Carmen, viendo la desesperación genuina del hombre más poderoso de la ciudad, aceptó sin pedir un solo peso.
A las 7 de la mañana, Roberto trasladó a Diego a su inmensa mansión en San Pedro, instalando equipos de soporte vital en la habitación principal. Pero el infierno apenas comenzaba. A las 8 de la mañana, las puertas de roble de la mansión se abrieron de golpe. Valeria irrumpió en la casa escoltada por 2 abogados y un juez penal.
“¡Has perdido la cabeza, Roberto!”, gritó Valeria, su voz resonando en los techos altos mientras veía a Carmen preparar incienso y hojas de copal junto a la cama clínica. “¡Secuestraste a nuestro hijo del hospital para entregárselo a una bruja! ¡Juez, exijo que arresten a este hombre y me den la custodia médica total ahora mismo!”
El juez levantó un documento sellado. “Señor Garza, lo que está haciendo constituye negligencia médica criminal. Tengo una orden para llevar al menor de regreso al hospital y proceder con la desconexión autorizada por la madre”.
Roberto se interpuso entre los abogados y la cama de su hijo, con los ojos inyectados en sangre. No era el CEO arrogante; era un animal defendiendo a su cría. “Valeria, mírame”, suplicó Roberto, rompiendo a llorar frente a todos, algo que jamás había hecho. “Fui un imbécil. Te fallé a ti y le fallé a Diego. Pasé 14 años construyendo un imperio de mentiras mientras nuestro hijo me necesitaba. Descubrí que los mismos médicos en los que confiamos ocultaron la cura por dinero. Por mi dinero. Te ruego, por el amor que alguna vez nos tuvimos, dame 30 días. Solo 30 días. Si en ese tiempo Diego no mejora, te juro por mi vida que yo mismo firmaré los papeles y te entregaré todas mis acciones corporativas”.
Valeria observó a Roberto. Jamás lo había visto tan vulnerable, tan despojado de su ego. Miró a Carmen, quien le sostuvo la mirada con una profunda empatía de madre a madre. Valeria tragó saliva, hizo una seña a los abogados y dijo con voz gélida: “Tienes 30 días. Ni un minuto más. Y yo me quedaré aquí a vigilar cada movimiento”.
Así comenzó el proceso. La lujosa y fría mansión se llenó del aroma a hierbas mexicanas. Carmen no usó maquinaria costosa ni jeringas. Utilizó la herbolaria sagrada transmitida por su abuela indígena de Oaxaca. Preparaba infusiones espesas que administraba cuidadosamente por la sonda de Diego. Pasaba horas realizando masajes de acupresión intensos en los meridianos nerviosos del muchacho, estimulando vías que la medicina occidental consideraba muertas. Valeria y Roberto se sentaban a los lados de la cama, obligados a convivir. Carmen les exigió que hablaran con él, no sobre negocios o desgracias, sino sobre recuerdos felices.
Durante 15 días no pasó absolutamente nada. El ventilador mecánico seguía marcando el ritmo de un cuerpo inerte. Las dudas devoraban a Valeria, quien lloraba en silencio en los pasillos, convencida de que estaban torturando a su hijo. Roberto apenas dormía, perdiendo peso y descuidando por completo su imperio corporativo, que comenzaba a colapsar en la bolsa de valores por su ausencia.
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