PARTE 1
La tarde del 22 de diciembre, el aire en la Ciudad de México era cortante. Leticia acababa de trapear el piso del enorme departamento en la colonia Del Valle. El olor a limpiador de lavanda flotaba en el ambiente mientras ella, con el cabello recogido en un chongo desordenado y las manos húmedas, intentaba convencerse de que todo su esfuerzo valía la pena. Faltaba muy poco para la Navidad, y durante los últimos 5 años de matrimonio con Mateo, Leticia había sido el pilar económico y emocional de la casa. Ella pagaba la hipoteca, los servicios y llenaba el refrigerador gracias a su exigente trabajo como ejecutiva en un banco corporativo.
Pero justo cuando se agachó para acomodar los zapatos en la entrada, escuchó la voz de doña Consuelo, su suegra. Era una voz empalagosa pero cargada de veneno. Estaba sentada en el centro del sofá de piel, con la espalda recta, como si fuera la dueña absoluta de la propiedad. A su lado, Mateo tecleaba en su celular, completamente ajeno a la tensión.
“Lety, siéntate. Tenemos que hablar”, ordenó doña Consuelo. Su mirada la recorrió de arriba abajo, haciéndola sentir como la empleada doméstica. “Este año es mejor que te vayas a pasar la Navidad a Puebla, con tus papás. El departamento es muy pequeño y vienen 3 parientes del pueblo a pasar las fiestas. Contigo aquí, vamos a estar muy apretados”.
Leticia sintió un zumbido en los oídos. ¿Pequeño? Era un departamento de 3 habitaciones que ella misma había pagado en su mayor parte. Tragando el nudo en la garganta, miró a su esposo, buscando un gramo de defensa.
“Mateo… ¿no vas a decir nada?”, preguntó Leticia con un hilo de voz.
Mateo ni siquiera levantó la vista de la pantalla. “Mi mamá tiene razón, Lety. Sería muy incómodo para los invitados. Vete unos días, descansa”.
La palabra “incómodo” fue una bofetada. Para su propio esposo, ella era un estorbo en su propia casa. Doña Consuelo sonrió con frialdad y lanzó la estocada final. “Recoge tus cosas rápido, mañana llegan mi hermano Pancho, su esposa Lupe y mi sobrino Nacho. Ah, y antes de irte, déjame tu tarjeta de crédito. Para los gastos de la cena, ya sabes que hay que atenderlos como reyes para no pasar vergüenzas”.
Cualquier otra mujer habría gritado, pero Leticia comprendió en ese instante que no valía la pena discutir con quienes ya la habían descartado. Respiró hondo, esbozó una sonrisa casi imperceptible y respondió con una calma escalofriante: “Está bien, suegra. No se preocupe”.
Leticia empacó una sola maleta. Pasó junto a ellos sin derramar una lágrima, dejó la tarjeta sobre la mesa de cristal y salió por la puerta sintiendo el viento helado en el rostro. Tomó un autobús hacia Puebla. Durante el trayecto, su mente trabajaba a mil por hora. Su suegra quería la tarjeta para gastarse su aguinaldo de 50000 pesos en bacalao, pavo, romeritos y regalos caros para aparentar estatus ante los familiares.
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