Mariana levantó el rostro.
—Mi padre me dejó algo que usted nunca tuvo, Patricio.
—¿Y qué fue eso?
—Decencia.
El rostro de Patricio se endureció.
—Cuidado. Una mujer arruinada no debería insultar a quien todavía puede cerrarle todas las puertas.
Entonces, la música se cortó de golpe.
El mayordomo apareció pálido en la entrada del salón y anunció con voz temblorosa:
—Don Alejandro Santillán.
Todos voltearon.
Y Mariana sintió que el corazón se le detenía cuando el hombre más temido de México entró directo hacia ella.
PARTE 2
Alejandro Santillán cruzó el salón con paso lento, vestido de negro, con el rostro cansado por el viaje y los ojos duros como piedra volcánica.
Nadie se movió.
Los empresarios bajaron la copa.
Las señoras dejaron de murmurar.
Hasta Patricio enderezó la espalda como alumno regañado.
—Don Alejandro —dijo rápido, cambiando su sonrisa cruel por una servil—. Qué honor verlo aquí. Permítame presentarle a mi esposa, Renata Escobedo de Valdés.
Alejandro pasó junto a él sin mirarlo.
Patricio se quedó con la boca abierta.
El Lobo de Reforma caminó directo hacia Mariana.
Ella no lo había visto en 6 meses. Estaba más delgado, más serio, pero cuando sus ojos encontraron los de ella, toda la frialdad desapareció.
Alejandro se detuvo frente a Mariana.
Sin decir nada, tomó su mano izquierda.
Con una delicadeza que dejó helada a toda la sala, le quitó el guante azul marino.
El anillo de oro apareció bajo las lámparas.
Tenía grabado el sello de los Santillán.
Alguien dejó caer una copa.
Renata perdió la sonrisa.
Patricio palideció como si hubiera visto a un muerto levantarse.
Alejandro inclinó la cabeza y besó la mano de Mariana.
—Perdona mi retraso, esposa mía —dijo con voz tranquila, pero lo bastante fuerte para que todos escucharan—. El viaje desde Veracruz fue pesado. Confío en que esta sociedad te haya tratado con el respeto que merece la señora Santillán.
La palabra “esposa” explotó en el salón.
Doña Amalia, que minutos antes fingía no conocer a Mariana, abrió los ojos como si acabaran de quitarle el piso.
Renata dio un paso atrás.
Patricio tartamudeó:
—¿Esposa? No puede ser. Mariana Aranda está arruinada.
Alejandro giró apenas la cabeza.
No levantó la voz.
Pero el silencio se volvió peligroso.
—Señor Valdés, mida sus palabras. Está hablando de mi esposa.
Patricio tragó saliva.
—Yo no sabía…
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