PARTE 1
Diego Ramírez salió del despacho con las manos frías, aunque en Guadalajara el calor pegaba como plancha sobre la banqueta.
No lloró ahí adentro.
No les dio ese gusto.
Pero cuando cruzó la puerta del edificio viejo de la avenida Federalismo, sintió que algo dentro de él se rompía de una forma muy fea, como cuando uno aguanta años una esperanza y de pronto descubre que también era mentira.
Doña Refugio Morales, su vecina de 85 años, no le había dejado ni 1 peso.
Ni la casa de la calle Jacarandas.
Ni sus ahorros.
Ni siquiera una de esas tazas de porcelana que ella cuidaba como si fueran reliquias.
Todo quedó repartido entre una fundación, la parroquia de San Mateo y María Fernanda Cárdenas, la sobrina elegante que solo aparecía en Navidad, en cumpleaños con foto para Facebook y cuando olía a dinero cerca.
Diego se quedó sentado durante la lectura del testamento con la mirada perdida en la carpeta azul del licenciado Gálvez.
El abogado leía con voz seca, profesional, como si estuviera anunciando el precio del predial.
María Fernanda, sentada enfrente, traía lentes oscuros en la cabeza, uñas rojas y una sonrisa apenas disimulada.
A su lado estaba su esposo, un tipo de camisa cara que no dejaba de revisar el celular.
Cuando el licenciado dijo “eso es todo”, Diego esperó unos segundos más.
Como si su nombre pudiera aparecer de milagro entre las hojas.
Pero no apareció.
—Perdón, licenciado… ¿y yo? —preguntó con la voz apretada.
El abogado levantó la mirada, incómodo.
—No hay ninguna disposición a su favor, joven.
María Fernanda soltó una risita bajita.
—Ay, Diego, no manches. ¿De verdad creíste que mi tía te iba a regalar su vida nada más por llevarle sopita y cambiarle focos?
Diego no contestó.
Porque si lo hacía, se le iba a quebrar la voz.
Y eso habría sido peor que perder la herencia.
Durante 3 años, él había cuidado a doña Refugio como nadie.
Le compraba medicinas en la farmacia Guadalajara.
La llevaba al IMSS cuando las rodillas ya no le respondían.
Le subía el garrafón, le revisaba el gas, le calentaba las tortillas, le leía los recibos porque ella fingía que veía bien aunque ya confundía las letras.
Ella era difícil, sí.
Mandona.
Filosa.
De esas señoras que podían decir “gracias” y “no seas inútil” en la misma frase.
Pero también fue la primera persona que lo miró como si importara.
Diego no tenía familia.
Había crecido entre casas hogar, vecinos que lo soportaban por lástima y trabajos donde lo trataban como reemplazable.
A los 18 años salió con una mochila rota, 2 pantalones, 3 playeras y una rabia que no le cabía en el pecho.
Llegó a esa colonia porque la renta era barata y porque nadie preguntaba demasiado.
Trabajó cargando cajas en el mercado, lavando coches, repartiendo comida, hasta que Don Pepe le dio chance en su cafetería.
Ahí conoció a doña Refugio.
Ella llegaba todos los martes y jueves a las 8 en punto.
Pedía café negro, pan tostado y 1 servilleta extra para envolver medio bolillo que decía que era “para el camino”.
Desde la primera semana lo empezó a regañar.
—Diego, caminas como si le debieras dinero a la vida.
Él se rió por compromiso.
Pero ella siguió mirándolo.
Con el tiempo, empezó a pedirle favores pequeños.
Después favores grandes.
Y un día, mientras él le acomodaba las pastillas en una cajita de plástico, ella le dijo:
—Cuando yo me muera, muchacho, todo esto va a ser tuyo. Tú sí te quedaste.
Diego no le creyó al principio.
Después quiso no creerle.
Pero doña Refugio lo repitió tantas veces que la promesa se le metió al corazón como una luz.
Por eso, cuando salió del despacho, no solo le dolía la vergüenza.
Le dolía pensar que ella también lo había usado.
María Fernanda lo alcanzó en la entrada.
—No te pongas dramático. Mi tía era una vieja sola. A lo mejor te decía eso para que no la abandonaras.
Diego la miró, con los ojos rojos.
—Usted nunca fue a verla cuando se cayó en el baño.
María Fernanda frunció la boca.
—Yo tengo vida, joven. No como otros que viven esperando que se muera una anciana para sacar provecho.
Esa frase le cayó como cachetada.
Diego caminó hasta su cuarto rentado detrás del mercado de Santa Tere, sin saber si tenía más coraje o más asco de sí mismo.
Leave a Comment