No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Mariana apagó la luz de inmediato y puso una mano sobre la boca de Sofía para que no hiciera ruido.
Desde abajo se escucharon pasos. No era una sola persona. Eran dos… quizá tres.
La voz de Ricardo llegó como un cuchillo.
—Hazlo rápido. El sistema ya está programado. Cuando yo dé la señal, las ventanas se bloquean.
Un hombre respondió algo que Mariana no alcanzó a entender. Luego se escuchó la voz de Elena, seca y fría.
—No quiero errores, Ricardo. Tu esposa siempre fue un estorbo, pero la niña no debe sufrir.
—No empieces, mamá —dijo él—. Dijiste que parecía accidente.
Mariana sintió que el mundo se le partía. Sofía no había mentido.
La niña la tomó de la mano y susurró:
—Por la cocina, mamá. Pero no por la puerta.
Bajaron descalzas, pegadas a la pared. Mariana llevaba una bolsa con documentos, dinero, su celular y el relicario de su madre. Al llegar a la cocina, intentó abrir la puerta trasera.
No se movió.
Estaba cerrada por fuera.
Entonces el olor llegó.
Gasolina.
Primero suave, luego fuerte, invasivo, metiéndose por debajo de las puertas y las ventanas. Mariana empezó a temblar.
De pronto, todas las persianas metálicas de seguridad comenzaron a bajar al mismo tiempo. Las ventanas quedaron cubiertas. Las puertas, selladas.
La casa se convirtió en una trampa.
—¡Ricardo! —gritó Mariana, sin poder contenerse.
Abajo, silencio.
Luego la voz de él:
—Mariana… no hagas esto más difícil.
Sofía tiró de su mano.
—Mamá, ven.
La niña corrió hacia la alacena. Empujó unos costales de arroz y una repisa vieja. Detrás apareció una puertita de madera, tan pequeña y polvosa que Mariana jamás la habría notado.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—La abuela Refugio me la enseñó en sueños.
Mariana no tuvo tiempo de discutir. Desde la sala se escuchó un estallido seco. Después, fuego. El humo empezó a llenar el pasillo.
Entraron al túnel.
Era estrecho, oscuro, lleno de tierra y telarañas. Mariana avanzaba casi de rodillas, con Sofía delante. Cada metro era una lucha contra el miedo. Detrás de ellas la casa crujía. El calor aumentaba.
—¿A dónde lleva esto? —preguntó Mariana.
—Al cuartito del jardín.
—¿Quién te dijo eso?
—La abuela. También dijo que tú no debías vender la casa todavía porque guardaba una salida.
Mariana lloró en silencio mientras avanzaban. Durante semanas había dudado de su hija. Había pensado que eran fantasías. Pero esa fantasía les estaba salvando la vida.
Al final del túnel apareció una rendija de luz. Sofía empujó una tabla y salieron debajo de una bodega vieja del patio trasero. Cuando Mariana levantó a su hija y abrió la puerta, el aire frío de la madrugada le golpeó la cara.
La casa ardía.
Las llamas salían por las ventanas del segundo piso. El humo negro subía sobre los techos de Coyoacán. A lo lejos ya se escuchaban sirenas.
—Con Bárbara —dijo Mariana.
Bárbara, su mejor amiga, vivía a dos casas. Cuando abrió la puerta y las vio cubiertas de polvo, hollín y lágrimas, casi gritó.
—¡Mariana! ¿Qué pasó?
—Llama a la policía —dijo ella, con la voz rota—. Ricardo intentó matarnos.
Bárbara no preguntó nada. Marcó.
Cuando llegaron los bomberos, Mariana contó todo: la póliza, la conversación, la camioneta, el sistema de seguridad. Sofía también habló. Lo hizo con una claridad que estremeció al detective.
—Papá dijo: “Si Mariana desaparece, todo será mío”. Y mi abuela Elena dijo que la gente iba a creer que fue una falla eléctrica.
El detective se agachó frente a ella.
—¿Estás segura de lo que escuchaste?
—Sí. También vi los planos de la casa en el escritorio de mi papá.
Horas después, los peritos confirmaron lo peor: había gasolina alrededor de la casa y el sistema de seguridad había sido manipulado para bloquear puertas y ventanas desde afuera.
La supuesta salida de Ricardo a Querétaro también era mentira. Nadie en su trabajo sabía de ningún viaje.
Esa misma noche lo encontraron en una gasolinera rumbo a Puebla, con dinero en efectivo, documentos falsos y una maleta.
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