—Ahora sí.
Mi padre recogió la carpeta del suelo, la sacudió con cuidado y la dejó otra vez sobre la mesa.
—Diego, cuando aceptamos que tu nombre apareciera temporalmente en esos documentos, lo hicimos porque Sofía insistió en confiar en ti. Nosotros no estuvimos de acuerdo, pero respetamos su decisión.
Diego tragó saliva.
Mi padre continuó:
—Hoy nos demostraste que nuestra preocupación era correcta.
—Don Ernesto, usted no entiende. Yo solo quería ayudar a mi familia.
—No —dijo mi hermano con frialdad—. Querías usar a mi hermana como escalera y su casa como refugio gratuito para toda tu familia.
Diego miró hacia la puerta, como si buscara una salida.
En ese instante, empezó a sonar su teléfono.
En la pantalla apareció el nombre de su madre: Mamá.
Él no contestó.
El teléfono volvió a sonar.
Y otra vez.
Y otra vez.
Finalmente respondió con voz temblorosa.
—Mamá…
El grito de Carmen Herrera se escuchó desde la sala.
—¡Diego! ¡Ya vamos llegando! ¡Tu tío trae la camioneta con los colchones! ¡Dile a Sofía que nos abra el portón!
Diego cerró los ojos.
Mi padre me miró.
—La decisión es tuya, hija.
Yo caminé hasta el interfono de la entrada.
Presioné el botón.
Desde la cámara vi una escena absurda.
Tres camionetas estacionadas frente al portón.
Maletas.
Bolsas negras.
Cajas de cartón.
Niños corriendo.
La señora Carmen parada al frente, con una almohada bajo el brazo, como si ya fuera la dueña de la mansión.
—¡Sofía! —gritó desde afuera—. ¡Ábrenos! ¡Hace calor!
Respiré hondo.
Luego hablé con voz clara.
—Señora Carmen, esta casa no es de Diego. Es mía. Nadie va a entrar.
Hubo un silencio.
Después, un estallido.
—¿Cómo que tuya? ¡Está a nombre de mi hijo!
—Eso se está corrigiendo legalmente. Y desde este momento, cualquier intento de entrar será considerado invasión de propiedad privada.
La cara de Carmen cambió detrás de la cámara.
—¡Malagradecida! ¡Después de que mi hijo te aceptó como esposa!
Sonreí apenas.
—No se preocupe. Ya no tendrá que aceptarme más.
Diego me miró bruscamente.
—¿Qué significa eso?
Apagué el interfono y me volví hacia él.
—Significa que mañana presentaré la demanda de divorcio.
La palabra cayó en la sala como un vaso roto.
Diego intentó acercarse.
—Sofía, no exageres. Estás enojada. Podemos hablar.
—Hablamos durante tres años, Diego. Hablamos cuando tu madre me llamó egoísta por no pagarle la cirugía estética a Mariana. Hablamos cuando tu hermano me pidió dinero para su negocio y tú dijiste que debía apoyarlo porque era familia. Hablamos cuando vendiste mi reloj de aniversario para cubrir una deuda tuya y me dijiste que no hiciera escándalo.
Mi voz se quebró apenas, pero no me detuve.
—Hoy ya no quiero hablar.
Él se quedó sin argumentos.
Por primera vez desde que lo conocí, Diego Herrera no encontró una frase para manipularme.
Esa noche, él se fue con una maleta.
No porque quisiera.
Sino porque mi padre llamó a un notario, mi abogado envió la medida preventiva y los guardias de seguridad cambiaron los códigos del portón.
La familia Herrera pasó casi una hora afuera gritando, llorando, insultando y llamando a Diego inútil.
Yo no salí.
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