—¿Quiénes?
Alejandro abrió otra carpeta y me mostró un recorte de periódico viejo.
En la imagen aparecía una mujer elegante, de rostro frío, con un collar de perlas en el cuello.
—Doña Rebeca Salvatierra. La madre de Ricardo.
Apreté los labios.
—Ella separó a mi madre de él…
—Sí. Y no solo eso. Cuando naciste, intentó quitarte de sus brazos.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué?
Alejandro asintió con tristeza.
—Tu madre huyó contigo. Cambió de domicilio varias veces. Durante años vivió escondida, con miedo de que la familia Salvatierra te encontrara. Después se casó con el hombre que tú conociste como padre, no por amor, sino para darte un apellido y protegerte.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.
De pronto, todos los silencios de mi madre empezaron a tener sentido.
Sus pesadillas.
Sus sobresaltos cada vez que alguien tocaba la puerta de noche.
Su negativa a hablar de mi nacimiento.
Su forma de apretarme contra el pecho cuando yo era niña, como si en cualquier momento alguien pudiera arrancarme de sus brazos.
—Pero… ¿por qué nunca me lo dijo?
Alejandro bajó los ojos.
—Porque había una amenaza firmada. Si revelaba la verdad, los Salvatierra usarían su poder para quitarte de su lado. Y tu madre no tenía dinero para pelear contra ellos.
Me cubrí la boca con ambas manos, ahogando un sollozo.
—Toda mi vida… ella cargó sola con eso.
—No estuvo completamente sola —dijo Alejandro.
Lo miré confundida.
Él sacó una carta del expediente. El papel estaba doblado varias veces, con manchas de humedad en los bordes.
—Esta carta me la entregó tu madre hace seis meses, cuando su enfermedad empeoró.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Tú conocías a mi madre antes de casarte conmigo?
Alejandro cerró los ojos un instante.
—Sí.
Aquella palabra cayó entre nosotros como una piedra.
Retrocedí.
—Entonces… ¿todo esto fue planeado?
—Mariana, escúchame.
—¡No! —grité, con el pecho ardiendo—. Me hiciste creer que me elegiste por amor. Me hiciste creer que este matrimonio era una oportunidad para salvar a mi familia. ¿Y ahora me dices que ya sabías todo desde antes?
Alejandro se acercó, pero yo levanté una mano para detenerlo.
—No me toques.
Su rostro se llenó de dolor.
—Tienes derecho a enojarte. Pero necesito que sepas algo: al principio, sí acepté ayudar a tu madre porque ella me lo pidió. Pero no me casé contigo por lástima ni por una deuda. Me casé contigo porque, cuando te conocí, entendí por qué ella estaba dispuesta a morir protegiéndote.
Mis lágrimas caían sin control.
—¿Qué te pidió mi madre?
Alejandro me entregó la carta.
La abrí con manos temblorosas.
La letra era de mi madre.
Mi niña Mariana:
Si estás leyendo esto, significa que ya no pude seguir ocultando la verdad.
Perdóname.
Perdóname por callar tantos años.
Perdóname por dejarte creer que tu vida valía menos de lo que realmente vale.
Tú no naciste de una vergüenza. Naciste del amor más grande que tuve.
Tu verdadero padre se llama Ricardo Salvatierra. Él te amó desde antes de verte. Pero su familia nos separó, y yo tuve miedo. Mucho miedo.
Alejandro Montemayor fue el único hombre con suficiente poder para protegerte cuando yo ya no pudiera hacerlo. No lo busqué para venderte. Lo busqué para salvarte.
Si él decidió casarse contigo, fue porque prometió cuidarte. Pero, hija mía, recuerda algo: ningún hombre, por poderoso que sea, debe ser dueño de tu vida. Tú debes elegir si quedarte o irte.
Si Alejandro te ama de verdad, te dará libertad.
Y si tú llegas a amarlo, no tengas miedo de ser feliz.
Yo solo quería verte protegida.
Yo solo quería que vivieras.
Te amo más que a mi propia vida.
Mamá.
Cuando terminé de leer, la carta cayó sobre mi regazo.
El silencio se volvió inmenso.
Yo quería odiar a Alejandro. Quería gritarle que me había engañado. Pero en el fondo de mi pecho, algo se rompió al comprender que mi madre, incluso desde su cama de hospital, había seguido pensando en mí antes que en ella.
—Ella me pidió que investigara —dijo Alejandro con voz ronca—. Me pidió que comprobara si Ricardo seguía vivo. Y lo hice.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Está vivo?
Alejandro asintió.
El aire se me escapó.
—¿Mi padre… está vivo?
—Sí. Vive en una residencia privada en las afueras de Querétaro. Durante años lo mantuvieron aislado, bajo tratamientos innecesarios, haciéndole creer que tu madre había muerto y que tú nunca exististe.
Sentí que el corazón se me partía.
—No…
—Cuando descubrí la verdad, intenté acercarme a él. Pero los Salvatierra todavía tienen gente vigilándolo. Por eso necesitaba actuar con cuidado. Y por eso adelanté la boda.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.
Leave a Comment