—¿La boda fue para protegerme?
—La boda te dio mi apellido, mi seguridad, mi equipo legal y una posición pública que ellos no podían tocar fácilmente. Mientras fueras solo Mariana Castillo, podían borrarte como intentaron borrar a tu madre. Pero como Mariana Montemayor, esposa de Alejandro Montemayor, ya no podían acercarse sin provocar un escándalo nacional.
Me quedé callada.
Todo lo que yo había interpretado como lujo, exceso y capricho… había sido una muralla construida a mi alrededor.
—Debiste decírmelo —susurré.
Alejandro bajó la cabeza.
—Sí. Ese fue mi error. Quise esperar a que pasara la boda porque temía que, si lo sabías antes, saldrías corriendo sola a buscar respuestas. Y ellos podían hacerte daño.
—No soy una niña.
—Lo sé. Y por eso te pido perdón.
Por primera vez desde que lo conocí, vi al gran Alejandro Montemayor vulnerable. No era el empresario invencible ni el hombre que todos obedecían con solo levantar una ceja.
Era un hombre sentado frente a mí, esperando mi juicio.
Yo apreté la carta de mi madre contra el pecho.
—Quiero ver a mi padre.
Alejandro levantó la mirada.
—Entonces iremos mañana.
—No. Ahora.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—Mariana, es de madrugada.
—He esperado veintinueve años sin saberlo —dije con voz firme—. No voy a esperar una noche más.
Alejandro me observó en silencio.
Luego se levantó, tomó su teléfono y dio una sola orden:
—Preparen el auto. Salimos en quince minutos.
Esa madrugada, mientras la ciudad dormía, salimos de la mansión de Puerta de Hierro en una camioneta blindada. Yo llevaba la carta de mi madre entre las manos, como si fuera lo único que me mantenía entera.
Alejandro iba a mi lado, sin tocarme, respetando mi silencio.
Durante el camino hacia Querétaro, vi por la ventana cómo las luces de Guadalajara quedaban atrás. Pensé en mi madre, sola, joven, huyendo conmigo en brazos. Pensé en Ricardo Salvatierra, encerrado durante casi tres décadas en una mentira. Pensé en mí misma, creyendo que era una muchacha pobre vendida a un hombre rico, cuando en realidad era la hija perdida de una historia que otros habían intentado sepultar.
Al amanecer, llegamos a una residencia rodeada de árboles altos y muros blancos.
El equipo legal de Alejandro ya estaba allí.
También había dos médicos, un notario y varios agentes privados.
—No entrarás sola —dijo Alejandro.
Lo miré.
—No tengo miedo.
—Yo sí —respondió él—. Tengo miedo de que vuelvan a herirte.
Aquella frase me desarmó.
Por un instante, quise tomar su mano. Pero todavía había demasiado dolor entre nosotros.
Entramos.
La residencia olía a medicinas, madera vieja y flores artificiales. Caminamos por un pasillo largo hasta llegar a una habitación iluminada por la luz pálida de la mañana.
Un hombre estaba sentado junto a la ventana.
Tenía el cabello completamente blanco, el rostro delgado y las manos apoyadas sobre una manta. Pero cuando giró la cabeza hacia mí, sentí que el mundo entero se detenía.
Sus ojos eran iguales a los míos.
Ricardo Salvatierra me miró como si acabara de ver un fantasma.
Yo no pude decir nada.
Él se puso de pie con dificultad.
—Lucía… —susurró, confundido.
Ese era el nombre de mi madre.
Mis labios temblaron.
—No soy Lucía.
El hombre parpadeó. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de que pudiera comprender.
—Entonces…
Di un paso hacia él.
—Soy Mariana.
Sus piernas flaquearon.
Alejandro alcanzó a sostenerlo antes de que cayera.
Ricardo llevó una mano a su boca.
—No… no puede ser…
Saqué la fotografía vieja del expediente y se la mostré.
—Mi madre me dejó una carta. Me dijo que usted era mi padre.
Ricardo tomó la foto con dedos temblorosos. Al verla, soltó un sollozo tan profundo que me quebró por dentro.
—Me dijeron que las dos habían muerto —murmuró—. Me dijeron que Lucía perdió al bebé y que después desapareció. Yo la busqué… Dios sabe que la busqué…
Sus lágrimas caían sobre la fotografía.
Yo no sabía qué hacer.
Había imaginado muchas veces encontrar a mi padre biológico, aunque nunca supe que existía. Pensé que sentiría rabia, reproche, distancia. Pero al ver a ese hombre destruido por una mentira de casi treinta años, solo sentí una tristeza inmensa.
—Mi mamá está viva —dije.
Ricardo levantó la cabeza de golpe.
—¿Lucía vive?
Asentí, llorando.
—Está enferma. En el hospital. Pero vive.
El hombre cerró los ojos y se llevó una mano al pecho.
—Llévame con ella.
Aquella misma tarde, Ricardo Salvatierra entró al Hospital Civil de Guadalajara en una silla de ruedas, acompañado por mí y por Alejandro.
Mi madre estaba despierta.
Su rostro se veía pálido, más delgado que nunca, pero cuando la puerta se abrió y vio a Ricardo, sus ojos recuperaron de golpe una luz que yo jamás había visto.
—Lucía… —susurró él.
Mi madre se quedó inmóvil.
Luego sus labios temblaron.
—Ricardo…
No hubo reproches.
No hubo preguntas.
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