A los diez años, lloré y le pedí a mi mamá y a mi abuela que fueran a pedir la mano de la niña vecina para mí. Todos pensaron que era una broma de niños… hasta que, quince años después, aquello se hizo realidad.

A los diez años, lloré y le pedí a mi mamá y a mi abuela que fueran a pedir la mano de la niña vecina para mí. Todos pensaron que era una broma de niños… hasta que, quince años después, aquello se hizo realidad.

—No —negó ella, acercándose un poco más—. No fue ridículo. Fue lo más sincero que alguien ha hecho por mí.

Sus palabras me dejaron sin aire.

Valeria levantó ligeramente la mano… y por un instante dudó, como si no supiera si debía hacerlo.

Pero al final, rozó suavemente la solapa de mi saco.

—¿Aún la tienes?

Sin decir nada, metí la mano en el bolsillo.

Y saqué la pulsera.

Desgastada.

Descolorida.

Pero intacta.

Los ojos de Valeria se humedecieron al verla.

—Eres un tonto… —susurró, con una sonrisa temblorosa.

—Un tonto que cumplió su promesa —respondí.

Ella soltó una pequeña risa, y por primera vez desde que entró en la sala, la poderosa presidenta desapareció por completo.

Frente a mí solo estaba Valeria.

Mi Valeria.

La chica del portón de hierro.

—Diego… —dijo suavemente—. ¿Sabes por qué te llamé personalmente a esta entrevista?

Negué.

Ella tomó aire.

—Porque vi tu nombre en la lista de candidatos… y supe que eras tú.

Mi corazón se aceleró.

—¿Desde el principio…?

—Desde el principio —afirmó—. Leí tu currículum. Vi todo lo que lograste… y pensé… “lo hizo”. El niño que prometió que iba a tener un futuro… lo consiguió.

Apreté la pulsera en mi mano.

—Lo hice por mí… —dije—. Pero también por ti.

Valeria dio un paso más.

Ya no había distancia entre nosotros.

—Entonces ahora dime, Diego Ramírez —susurró—. Si ya tienes el futuro… ¿sigues queriendo lo mismo que cuando tenías diez años?

La miré a los ojos.

Sin dudar.

Sin miedo.

—Más que nunca.

El tiempo pareció detenerse.

Y entonces ella sonrió.

Esa sonrisa… que llevaba quince años esperando.

—Bien —dijo, tomando suavemente la pulsera de mi mano—. Porque yo ya cumplí mi parte.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Tu parte?

Valeria levantó la mirada, firme.

—Convertirme en alguien con el que tú pudieras estar orgulloso de casarte.

Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano.

Sus dedos eran cálidos.

Reales.

—El puesto es tuyo —añadió con naturalidad—. Pero con una condición.

Arqueé una ceja.

—¿Cuál?

Ella inclinó ligeramente la cabeza, con ese brillo travieso que conocía desde niña.

—Que esta vez… no me hagas esperar otros quince años.

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