Su mirada recorrió la sala y luego se detuvo en mí.
Durante mucho tiempo.
Tanto que pude escuchar los latidos de mi propio corazón.
Entonces sonrió.
No era la sonrisa formal de una presidenta.
Era la sonrisa de aquella niña de antes, la que me había entregado una pulsera roja y blanca en una tarde soleada de Guadalajara.
Me miró directamente, con una voz suave y un tono ligeramente burlón:
—Diego Ramírez… ¿viniste a postularte para director financiero, o a cumplir la promesa que hiciste cuando tenías diez años?
Toda la sala quedó en completo silencio.
Y yo, por primera vez en quince años, apreté la vieja pulsera dentro del bolsillo de mi saco y sonreí.
—A las dos cosas, presidenta.
El silencio en la sala se volvió tan denso que casi se podía cortar.
Nadie se atrevía a moverse.
Nadie entendía lo que estaba pasando… excepto nosotros dos.
Valeria no apartó la mirada.
Y entonces hizo algo que nadie esperaba.
—La entrevista ha terminado —dijo con calma, mirando al comité—. Yo me encargo de este candidato.
Un murmullo recorrió la mesa.
Pero nadie cuestionó su decisión.
Uno a uno, los miembros del comité recogieron sus cosas y salieron de la sala, dejando la puerta cerrarse suavemente detrás de ellos.
Ahora solo estábamos nosotros dos.
Quince años de distancia… reducidos a unos pocos metros.
Valeria dio un paso hacia mí.
Luego otro.
El sonido de sus tacones sobre el piso de mármol marcaba cada latido de mi corazón.
Se detuvo frente a mí.
Muy cerca.
Lo suficiente para que pudiera ver ese pequeño lunar junto a su ojo izquierdo… el mismo que yo recordaba de cuando éramos niños.
—Pensé que lo habías olvidado —dijo en voz baja.
Negué con una leve sonrisa.
—Nunca.
Ella bajó la mirada un segundo… y luego volvió a levantarla, con algo distinto brillando en sus ojos.
No era la frialdad de una presidenta.
Era algo más suave. Más humano.
Más… nuestro.
—Yo tampoco —susurró.
El aire entre nosotros cambió.
Como si de pronto todo lo que habíamos sido, todo lo que habíamos perdido… y todo lo que aún no nos habíamos dicho, estuviera flotando ahí, esperando.
Respiré hondo.
—Te busqué —admití—. Cuando te fuiste… intenté saber a dónde habías ido. Pero no tenía nada. Ni una dirección. Ni un número. Nada.
Valeria sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia.
—Lo sé.
Fruncí el ceño.
—¿Lo sabes?
Ella asintió lentamente.
—Porque yo también te busqué, Diego.
Mi corazón dio un golpe seco.
—¿Qué…?
—Cuando llegué a Ciudad de México, todo fue un caos. Mi papá estaba en el hospital, mi mamá trabajaba día y noche… y yo solo podía pensar en una cosa —hizo una pausa—. En el niño que lloró frente a todo un barrio diciendo que se iba a casar conmigo.
No pude evitar reír, nervioso.
—Suena ridículo cuando lo dices así.
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