Sentí cómo algo dentro de mí, algo que había estado incompleto durante tanto tiempo, finalmente encajaba.
Sonreí.
—No pienso esperar ni un día más.
Seis meses después, en el mismo barrio de Guadalajara donde todo empezó, la gente volvió a reunirse.
La misma calle.
Las mismas casas.
Pero esta vez… nadie se reía.
Porque el niño que lloró pidiendo matrimonio…
Estaba de pie, vestido de traje.
Y frente a él, con un vestido blanco sencillo pero elegante, estaba Valeria.
La abuela lloraba.
Mi madre también.
Y los vecinos… esos que un día se burlaron, ahora aplaudían con los ojos llenos de emoción.
Cuando tomé su mano frente al altar, susurré lo mismo que había dicho quince años atrás:
—Esta vez sí es de verdad.
Valeria sonrió entre lágrimas.
—Siempre lo fue.
Y así, lo que todos creyeron un juego de niños…
Se convirtió en la historia de amor más real de nuestras vidas.
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