—Una cosa te voy a decir: tú limpias pisos. No das opiniones sobre mi familia.
Rosa bajó la mirada, pero por dentro ya había decidido que no se iba a callar.
A media mañana, mientras supuestamente limpiaba el pasillo, escuchó a Lucía hablar por teléfono dentro del cuarto del bebé.
—Tenemos un problema —susurró la enfermera—. La señora de la limpieza anda preguntando demasiado… Sí, Valeria, ya sé. Tenemos que acelerar el plan.
Rosa sintió que el mundo se detenía.
—La fórmula ya está diluida a menos de la mitad —continuó Lucía—. Con el sedante por la noche, el niño se debilita más rápido. Si Diego lo lleva con otro doctor, pueden descubrirlo. Necesitamos que parezca falla natural.
Rosa se tapó la boca para no gritar.
Lucía bajó todavía más la voz.
—Cuando el bebé muera, Diego quedará destruido. Ahí le haces firmar el cambio de testamento. Sin el niño, tú heredas todo si a Diego le pasa algo.
Rosa tuvo que sostenerse de la pared.
No solo querían matar a Sebastián. También iban por Diego.
Esa tarde, Rosa salió con el pretexto de una cita médica y llevó la muestra al hospital. Fernando la recibió preocupado.
—Mamá, ¿qué pasa?
—Analiza esto. Por favor. Es de vida o muerte.
Tres horas después, sonó su celular.
—Mamá —dijo Fernando, con la voz tensa—, la fórmula está diluida brutalmente. Y tiene difenhidramina, un sedante. No es una dosis para matar de golpe, pero sí para dormirlo, quitarle el hambre y debilitarlo.
Rosa cerró los ojos.
—Entonces sí lo están envenenando.
—Sí. Y quien lo hizo sabía perfectamente lo que hacía.
Cuando Rosa volvió a la mansión, Valeria la esperaba en el cuarto de Sebastián. En la cómoda estaba el frasquito sin etiqueta.
—¿Creíste que no iba a notar que tomaste leche del bebé? —dijo Valeria.
Rosa se quedó inmóvil.
—No sé de qué habla, señora.
Valeria soltó una risa seca.
—No te hagas la tonta, Rosa. Te ofrezco cincuenta mil pesos. Renuncias mañana, te vas calladita y olvidas lo que crees haber visto.
—No vendo la vida de un niño.
La sonrisa de Valeria desapareció.
—Entonces pierdes todo. Tu hijo Fernando en el hospital, tu hija Claudia en la cafetería, tu marido Javier en la obra… Todos tienen puntos débiles. Y yo tengo gente que sabe encontrarlos.
Rosa sintió lágrimas en los ojos, pero no bajó la cabeza.
Valeria se acercó a la cuna y miró al bebé con desprecio.
—Piénsalo bien. Porque si hablas, no solo te destruyo a ti. Destruyo a tu familia completa.
Esa noche, Rosa no pudo respirar de miedo. Pero antes de irse, escondió su celular grabando en la bolsa del uniforme.
Al día siguiente entró al estudio de Diego con las pruebas impresas, sin saber que Valeria venía detrás de ella por el pasillo.
Y lo que estaba a punto de escucharse cambiaría la vida de todos para siempre…
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