PARTE 3
Rosa cerró la puerta del estudio y miró a Diego de frente.
—Señor, su hijo no está enfermo. Lo están envenenando.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
Rosa puso los análisis sobre el escritorio. Las manos le temblaban, pero su voz salió firme.
—Lucía diluye la fórmula y le pone sedante. Valeria lo sabe. Las escuché. Quieren que Sebastián muera para que parezca algo natural. Después planean hacerlo cambiar su testamento… y luego ir por usted.
Diego leyó los papeles. Al principio su cara fue de incredulidad. Luego de horror. Finalmente, de una rabia silenciosa que daba miedo.
—No… Valeria no sería capaz.
En ese instante, la puerta se abrió.
Valeria entró con una bata de seda color champaña y el cabello perfecto, como si no acabara de ser descubierta.
—Diego, amor, esta mujer está enferma. Te lo dije. Está obsesionada con el bebé.
Diego levantó los análisis.
—Explica esto.
Valeria miró los papeles apenas un segundo.
—Pueden ser falsos. Los hizo su hijo, ¿no? Qué conveniente.
—También la escuché hablando con Lucía —dijo Rosa.
Valeria la fulminó con la mirada.
—Cállate. Los adultos están hablando.
Diego marcó en su celular.
—Voy a llamar a la policía.
Por primera vez, Valeria perdió el color.
—No puedes hacer eso. ¿Te imaginas el escándalo? ¿Los socios? ¿La prensa?
—Mi hijo casi muere.
—Fue Lucía —dijo ella rápido—. Tal vez se equivocó con la fórmula. Yo no sabía nada.
Rosa sacó su celular de la bolsa.
—Sí sabía. Y acaba de admitir que Lucía alteró la leche. Lo tengo grabado.
Valeria se quedó paralizada.
—¿Qué hiciste?
—Grabé todo desde que entré aquí.
La máscara se le cayó. Ya no había esposa elegante ni mujer preocupada. Solo odio.
—Te advertí, mugrosa metiche.
Diego escuchó unos segundos del audio. Después llamó al Ministerio Público.
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