En el trabajo era un caos: un proyecto urgente, tiempos imposibles. Llegué a casa cerca de las ocho de la noche después de diez horas trabajando.
Lo primero que dijo Doña Carmen fue:
— Valeria, ¿y la cena? Tenemos mucha hambre.
La miré.
Miré a Diego, que estaba jugando en la laptop.
A Mariana con el celular.
A la tía Lupita viendo una novela.
— Ahorita cocino —dije con una voz que no parecía mía.
Me encerré en el baño y me senté en el borde de la tina. Me temblaban las manos.
En mi cabeza solo había un pensamiento:
No puedo más.
El teléfono vibró.
Un mensaje de mi amiga Fernanda:
«Vale, encontré una oferta de última hora. Un crucero de cinco días por el río, baratísimo. Sale pasado mañana. ¿Te vienes conmigo? Necesitas descansar urgente».
Cinco días.
Sin cocinar.
Sin «Valeria, ¿dónde está…?» ni «Valeria, haz esto».
Abrí la app del banco. Allí estaba mi quincena. Mi dinero.
En esos días había gastado más de ocho mil pesos en los familiares de Diego. Ni un solo «gracias».
Le respondí a Fernanda:
«Voy. Mándame los detalles».
Después del baño, aun así, preparé la cena. Pasta, albóndigas, ensalada.
Puse la mesa en silencio.
Comí en silencio.
Como si no existiera.
Más tarde me acerqué a Diego.
— Tengo que irme. Urgente. Por trabajo. Cinco días. A partir de pasado mañana.
Él levantó las cejas, sorprendido:
— ¿En serio? ¿Y qué pasa con…? —señaló hacia la habitación.
— Te las arreglas —dije—. Es tu familia.
— Valeria, esto no es justo. Tenemos visitas.
— Durante cuatro días hice todo yo sola. Ahora te toca a ti.
— ¡Pero no sé cocinar como tú!
— Aprenderás. O piden comida. O salen a comer.
Se puso rojo:
— ¿O sea que me dejas solo con ellos?
— No te dejo. Me voy por trabajo. Un trabajo que, por cierto, paga todo este circo.
Por la mañana hice la maleta.
Doña Carmen entró en la cocina mientras yo tomaba café:
— Diego dice que te vas. Qué lástima, nos vemos tan poco.
— Trabajo —respondí.
— Al menos deja algo hecho. Diego no sabe nada de cocina.
Terminé el café y dejé la taza en el fregadero:
— Hay comida en el refri. Hay recetas en internet. Todos son adultos.
Su cara se quedó paralizada por la sorpresa.
Fernanda me esperaba en el muelle con dos cafés y una gran sonrisa:
— Bueno, fugitiva, ¿lista para tu libertad?
— Más que nunca.
Cuando el barco zarpó, por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar.
El teléfono vibró:
«Vale, mamá pregunta dónde guardamos el cereal».
Apagué el teléfono.
Esos cinco días fueron como un sueño.
Dormí, leí, paseé, comí cuando quise.
Nadie me exigía nada.
El tercer día encendí el teléfono.
Treinta mensajes de Diego.
De la rabia a la confusión.
De los reproches al pánico.
Le escribí solo uno:
«Estoy bien. Vuelvo en dos días. Arréglatelas solo».
Y volví a apagar el teléfono.
— Haces lo correcto —dijo Fernanda—. Que lo sienta.
Asentí, aunque el miedo crecía.
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