El día que él me dijo “sin mí no eres nadie”… yo ya llevaba meses planeando irme. ¡Cada vez que discutimos me apuntas a la puerta y me gritas: “si no te gusta, lárgate al infierno”!
Lucía apagó el sonido.
Se sirvió té de un termo que todavía traía de su trabajo anterior, pagado con pesos mexicanos que apenas alcanzaban.
Afuera la lluvia se hizo más fuerte sobre la Ciudad de México.
Con cada gota se iban los gritos, el miedo, el control.
Y se quedaba el silencio.
Pero ahora era suyo.
Libre.
Una semana después.
Ramiro se despertó en el departamento vacío en Narvarte.
Al principio el silencio lo molestaba. Después empezó a comérselo por dentro.
Polvo en los muebles. Platos sucios. Cosas que nadie tocaba.
Se descubría escuchando la nada, esperando pasos que no llegaban.
Llamó a sus amigos. Escribió mensajes. Nadie contestó.
Y entendió algo que no quería aceptar: en una ciudad enorme, ella simplemente desapareció.
Y con ella, su control.
Se sentó en el sillón donde ella solía estar.
En el piso había una caja polvosa con cables.
La abrió.
Eran puros cables viejos.
Basura.
Por esa basura lo había perdido todo.
Mientras tanto, Lucía regresaba del trabajo en la Ciudad de México.
Cansada, pero tranquila.
Se quitó la chamarra, puso el agua a calentar y encendió la música.
Sin gritos. Sin órdenes. Solo una canción cualquiera sobre libertad.
Se acercó a la ventana.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, reflejada en el vidrio.
Pero ya no se veía gris.
Solo era lluvia.
Y ella podía caminar bajo ella hacia donde quisiera.
El celular brilló: un mensaje sin leer de Ramiro.
“Te vas a arrepentir.”
Lo borró sin abrirlo.
Escribió en notas:
“No arrepentirse. Nunca.”
Lo guardó.
Sonrió.
Encendió una lámpara pequeña.
Y empezó a pintar su nueva vida: una Ciudad de México mojada por la lluvia, el asfalto brillante, y una mujer con maleta caminando hacia lo desconocido.
Viva.
Y libre.
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