
Parte 2 :
— ¡Me estás arruinando la vida! — gritó Ramiro, tomándola del brazo. — ¡Sin mí no eres nadie! ¡Sin mí estás perdida! ¡Sin mí estás completamente sola!
Lucía se soltó fácil, como si se quitara de encima una telaraña pegajosa.
— Puede que me pierda, pero ese será mi abismo, no tu jaula. — Agarró su chamarra y el celular. — Los de la mudanza llegan en diez minutos.
Él dio un paso hacia ella, como para arrebatarle el teléfono, pero se detuvo. La mirada de Lucía — fría, firme, como hielo — lo frenó en seco. Algo raro le cruzó el cuerpo: impotencia pura. Antes, con un grito ella se rompía. Ahora, nada.
— No vas a poder — murmuró casi entre dientes. — Te va a dar miedo. Vas a llorar en la noche. Vas a volver. Yo te voy a esperar.
— No lo hagas — respondió ella sin subir el tono. — Cuando te topes con el hueco vacío al lado de la cama, acuérdate: tú mismo me sacaste de tu vida.
Salió al pasillo.
Se oían las maletas: cierres, ruedas arrastrándose, golpes suaves contra el piso. Afuera lloviznaba sobre la Ciudad de México. En la entrada olía a calle mojada, a aire limpio: el primer trago de libertad.
Ramiro se quedó parado ahí, entre la puerta y la sala, sin poder creerlo. Todo pasó demasiado tranquilo. Cuando la puerta del edificio en la Narvarte se cerró, el silencio cayó pesado, como un hueco en la cabeza.
Se quedó solo.
El reloj era lo único que seguía vivo, marcando los segundos de su derrota.
Se vio en el espejo del recibidor: la cara tensa, los ojos vacíos. Quiso gritar, pero no le salió la voz. Ni se dio cuenta en qué momento se dejó caer al piso.
En su cabeza solo daba vueltas una idea: “no se va a ir”.
Siempre regresaba…
Pero ahora ya no estaban sus llaves sobre la mesa. El clóset estaba vacío.
Lucía estaba en la banqueta bajo la lluvia en Coyoacán, Ciudad de México. Las gotas le bajaban por la cara como si le estuvieran borrando la vida anterior. Se detuvo un taxi. El chofer, un señor ya grande, con cara cansada, la ayudó con las maletas.
— ¿A dónde la llevo? — preguntó.
— A San Ángel, número diecinueve.
Su voz se quebró apenas un segundo. Luego salió más firme.
— Voy a empezar de nuevo.
El coche arrancó. Lucía vio por la ventana cómo las luces de la Ciudad de México se iban deshaciendo en gris.
Por primera vez en años no estaba pensando qué decir ni cómo explicarse.
Había calma.
No vacío, sino ligereza.
Como después de una cirugía: duele, pero respiras mejor.
El nuevo departamento olía a humedad y pintura fresca, en una colonia tranquila de la Ciudad de México. Pequeño, con paredes pelonas. El eco de sus pasos sonaba distinto.
Dejó las maletas y se sentó despacio en una silla. Le temblaba el cuerpo, pero por dentro había una certeza creciendo: ahí empezaba su vida.
Sin él. Sin el departamento. Sin el “esto es mío” todo el tiempo.
El celular vibró: Ramiro.
No contestó.
“Vuelve. Tenemos que hablar.”
“Te perdono.”
“No vas a poder sola.”
Leave a Comment