Él tragó saliva antes de hablar.
—Gracias por todo. Sé que no siempre soy fácil… pero de verdad estoy agradecido.
Sus palabras la dejaron sin aliento. Durante años se dijo que no necesitaba ese reconocimiento, pero en el fondo lo había esperado.
Sonrió con los ojos brillantes.
—Gracias a ti, Ethan. Estoy muy orgullosa de ti.
El tiempo siguió su curso. Ethan comenzó su último año de preparatoria, lleno de tareas, noches estudiando para el SAT y planes para la universidad.
Aun así, nunca faltaba a la cena con Clare. Incluso empezó a ayudarla a cocinar y lavar los platos.
Una noche, sentados en el porche bajo un cielo lleno de estrellas, Ethan preguntó:
—Clare, ¿alguna vez has pensado en volver a salir con alguien?
Ella se sorprendió.
—Hace mucho que no pienso en eso… ¿por qué lo dices?
—Porque todavía eres joven. Podrías conocer a alguien.
Clare guardó silencio un momento.
—Tal vez me acostumbré a esta vida… y también siempre he sido un poco insegura. No soy el tipo de mujer que llama la atención.
Ethan la miró con otros ojos.
—No digas eso. Tienes una figura muy bonita. Deberías usar ropa un poco más entallada. No tienes que esconderte.
Clare se sonrojó.
—¿De verdad piensas eso?
—Claro que sí. Deberías tener más confianza.
Por primera vez en mucho tiempo, Clare sintió un pequeño cosquilleo en el pecho. No por la idea de un nuevo romance, sino porque alguien la veía.
Días después, cuando mencionó que asistiría a una reunión con antiguos colegas, Ethan insistió:
—Ponte algo increíble. Nada de suéteres largos ni jeans flojos. Tienes una gran figura.
Ella rió, apenada, pero decidió intentarlo.
El fin de semana llegó. Clare se paró frente al espejo con un vestido turquesa ajustado que había comprado años atrás y nunca se atrevió a usar. Al ponérselo, casi no se reconoció.
Ethan entró y se quedó sin palabras.
—Wow… te ves hermosa.
—No exageres.
—No exagero. Te ves increíble.
Esa noche él la llevó al restaurante. Dos horas después, Clare volvió al coche con una luz distinta en los ojos.
—¿Cómo te fue?
—Bien… pero me di cuenta de que los momentos en los que realmente soy feliz son cuando estoy contigo, cocinando o viendo películas.
Ethan sintió una mezcla de calidez y culpa.
Con el tiempo, Clare cambió poco a poco. Empezó a usar vestidos suaves y blusas elegantes. Su mirada ganó confianza.
En las noches de verano se sentaban a platicar en el porche. Ethan comenzó a notar que, detrás de la madre dedicada, había una mujer llena de sueños.
Una noche dijo con seriedad:
—Creo que deberías intentar salir con alguien otra vez.
Clare lo miró sorprendida.
—¿Salir? Ethan… hace años que no pienso en eso.
—Lo sé. Pero mereces ser feliz también. No tienes que ser solo la madrastra de Ethan para siempre. Puedes ser Clare, una mujer con su propia vida.
Ella miró el jardín oscuro y suspiró suavemente.
—Siempre pensé que mientras tú estuvieras bien… eso era suficiente para mí.
Pero tal vez tienes razón —dijo Clare al fin—. Tal vez sí debería abrir un poquito el corazón. No porque necesite a un hombre, sino porque necesito acordarme de que todavía puedo vivir para mí.
Ethan sonrió y le dio unas palmaditas suaves en la mano.
—Yo te ayudo. ¿Va?
Clare le devolvió la sonrisa, con esos ojos cálidos y serenos de siempre.
—Está bien, Ethan. Si estás conmigo… lo intento.
Una semana después, Ethan puso su plan en marcha. Sin hacer ruido, se metió a las páginas comunitarias de Willow Creek, buscando grupos donde personas solteras o viudas se conocieran. No tardó en dar con alguien que parecía buena opción: Aaron Miller, un bibliotecario de 43 años, amable y maduro, que había perdido a su esposa tres años atrás y estaba criando a una hija pequeña.
Cuando Ethan le habló por primera vez de Aaron, a Clare le nació el impulso de echarse para atrás.
—Ethan, no me digas que hablas en serio… —dijo, entre confundida y apenada.
—Sí hablo en serio —respondió él, riéndose—. Aaron se ve buena gente. Y no hay presión. Es solo un café. Si no te cae bien, prometo que no vuelvo a tocar el tema.
Clare dudó, pero la mirada ilusionada de Ethan le hizo imposible decirle que no. Al final soltó un suspiro, rendida.
—Está bien… pero solo lo hago por ti.
La mañana de la cita, Clare pasó un buen rato frente al clóset. El vestido azul de la reunión le daba un poquito de valor. Se puso encima un cardigan color crema y se recogió el cabello de manera sencilla, dejando ver la línea elegante de su cuello. La mujer que le devolvió la mirada en el espejo la sorprendió… para bien.
Del otro lado de la puerta, Ethan tocó con suavidad.
—Clare, ¿ya estás lista?
Cuando ella abrió, él dio un pasito hacia atrás, sin poder evitarlo.
—Guau… te ves de verdad hermosa.
Clare se sonrojó, pero su sonrisa se veía tranquila.
—Gracias, Ethan. Voy a tratar de no quedar mal.
Él la llevó a un cafecito cerca del centro de Willow Creek. Antes de bajarse del coche, a Clare le temblaron un poco las manos por los nervios. Ethan le apretó la mano con cariño.
—Tú nomás sé tú. Lo demás se acomoda solo.
Clare asintió, respiró hondo y entró, mientras Ethan se quedaba esperándola en el coche.
La cita salió más o menos como Clare imaginaba… incluso un poquito mejor. Aaron era agradable, de carácter calmado; hablaba poco, pero escuchaba mucho. Platicaron de libros, de películas y de lo que se siente ser padre o madre en solitario. Clare estuvo cómoda. No se sintió presionada ni incómoda… pero tampoco sintió esa chispa.
Cuando se les acabó el tiempo, Aaron, con toda educación, le propuso verse otra vez. Clare sonrió con amabilidad y negó con la cabeza.
—Creo que todavía no estoy lista para eso.
Aaron aceptó con elegancia, sin molestarse ni mostrar desilusión. Fue un final simple, sin drama, sin complicaciones.
De regreso en el coche, Ethan se moría por saber.
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