Ella pensó que eran gemelos. Entonces el doctor se quedó inmóvil, volvió a contar… y susurró: “Hay un sexto bebé.”

Ella pensó que eran gemelos. Entonces el doctor se quedó inmóvil, volvió a contar… y susurró: “Hay un sexto bebé.”

Una tía dijo:

—Eso es una bendición.

Otra, más práctica, murmuró:

—También es una locura.

Y ambas tenían razón.

Pronto comenzaron las visitas constantes al hospital. Los doctores fueron claros: el embarazo era extraordinariamente raro y peligrosísimo. Cada semana traía nuevas advertencias. Mariana debía guardar reposo casi absoluto. La presión arterial subía y bajaba como si su cuerpo estuviera negociando con el destino. Le costaba respirar. No dormía bien. A veces despertaba en la madrugada con el corazón acelerado, convencida de que algo terrible estaba por ocurrir.

Javier empezó a trabajar dobles turnos en la empresa de instalación de aires acondicionados. Salía antes del amanecer y regresaba entrada la noche, con el uniforme húmedo, la espalda vencida y los ojos rojos de cansancio. Pero en cuanto cruzaba la puerta, se bañaba rápido, iba a la cama donde Mariana pasaba casi todo el día y apoyaba la mano sobre su vientre.

—¿Cómo están mis futbolistas? —bromeaba a veces, aunque ni siquiera sabía si todos serían niños.

Mariana lo corregía.

—O mis seis princesas.

—O una alineación completa de puro escándalo —respondía él.

En esos minutos parecía que podían con todo.

Pero el amor no siempre alcanza para esconder el miedo.

Una noche de agosto, Mariana lo escuchó llorar en la cocina.

No era un sollozo fuerte. Era peor. Era ese sonido contenido de un hombre que aprendió a tragarse sus angustias hasta que el cuerpo ya no le obedece.

Ella intentó levantarse, pero el peso del vientre se lo impidió. Así que lo llamó bajito.

—Javier.

Él apareció enseguida, limpiándose la cara.

—¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?

Mariana lo observó unos segundos.

—No me mientas.

Javier bajó la mirada.

Sobre la mesa de la cocina estaban desparramadas unas hojas: presupuestos del hospital, listas de medicamentos, cuentas atrasadas, un catálogo de cunas, pañales, fórmulas, un cálculo absurdo del costo de seis bebés.

Mariana tragó saliva.

—¿No alcanza?

Javier se sentó junto a ella.

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