La puerta estaba medio cerrada.
Iba a tocar… pero me detuve en seco al escuchar voces adentro.
Era Camila, la nueva secretaria de Alejandro. Hablaba con tono meloso, burlándose de mí sin saber que yo estaba escuchando. Decía que yo no servía para nada, que era una mujer apagada, buena solo para encerrarse en casa, incapaz de entender el mundo de los negocios. Se jactaba de que ella sí era la mujer que merecía estar al lado del director general.
Me quedé paralizada.
La bandeja empezó a temblarme entre las manos.
Esperé escuchar a Alejandro defender a su esposa. Esperé que la callara. Esperé, al menos, un poco de dignidad.
Pero no.
Él soltó una risa seca y le siguió el juego.
Dijo que yo era aburrida, insípida, que solo me había aguantado durante tres años porque era la hija del fundador. Le prometió a Camila que pronto me quitaría de en medio… y que entonces le daría a ella el lugar que merecía.
El café en la taza se sacudió.
Cada palabra fue como un cuchillo enterrándose despacio en mi pecho.
Respiré hondo, empujé la puerta y entré.
Los dos se sobresaltaron y se separaron de inmediato. Alejandro se acomodó el saco. Camila se levantó con la arrogancia pintada en el rostro.
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