La sala de ultrasonido tenía ese tipo de silencio que hace que la gente deje de respirar sin darse cuenta.
Mariana Castillo estaba recostada sobre la camilla, con una mano sobre la curva de su vientre y la otra apretando con tanta fuerza los dedos de su esposo que Javier después bromearía diciendo que todavía le quedaron las marcas de las uñas para demostrar que aquel día sí fue real. Las luces estaban tenues. La pantalla brillaba en tonos azulados y plateados. El aire olía ligeramente a antiséptico y a aparatos calientes.
Debía haber sido una cita feliz, una de esas revisiones normales del embarazo en las que una pareja entra hablando del color del cuarto del bebé y sale con impresiones borrosas para mandarlas por WhatsApp a toda la familia.
Pero el doctor dejó de moverse.
Mariana lo notó primero en el reflejo del monitor. La expresión de su rostro había cambiado. Seguía mirando la pantalla, sí, pero ya no con esa atención casual y entrenada con la que suelen mirar los médicos. Esto era otra cosa. Era concentración endureciéndose hasta volverse incredulidad.
Javier se aclaró la garganta.
—¿Todo está bien, doctor?
El médico no respondió de inmediato.
Movió el transductor otra vez, esta vez más despacio, como un hombre que intenta comprobar si sus propios ojos le están mintiendo.
A Mariana se le secó la boca. Toda la mañana se había preparado para una sorpresa. Sus niveles hormonales habían salido inusualmente altos, y las enfermeras ya le habían insinuado lo que eso podía significar. Gemelos, tal vez. Posiblemente trillizos. Después de un año de decepciones, incluso eso parecía demasiada felicidad como para confiar en ella. Pero ese silencio todavía no se sentía como felicidad. Se sentía como estar parada sobre unas vías del tren, escuchando algo enorme antes de poder verlo.
—¿Doctor? —preguntó ella, con una voz más frágil de lo que quería.
Por fin él exhaló.
—Cuento cinco.
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