—¿Eres feliz?
Mariana pensó en la lluvia, en el anillo escondido bajo un guante, en la tumba de su padre y en la risa cruel que ya no podía lastimarla.
—Sí —dijo—. Pero no porque ahora todos me respeten.
—¿Entonces por qué?
Ella sonrió apenas.
—Porque ya entendí que una mujer no pierde su valor solo porque otros dejen de verla.
Alejandro le besó la frente.
—Mariana Santillán.
Ella negó suavemente.
—Mariana Aranda de Santillán. Mi caída y mi regreso. Las 2 cosas.
Abajo, la música volvió a sonar.
Pero Mariana no tuvo prisa por regresar.
Durante mucho tiempo, todos creyeron que una mujer arruinada debía agachar la cabeza y agradecer cualquier migaja.
Ella demostró lo contrario.
A veces la justicia no llega gritando.
A veces entra en silencio, toma tu mano frente a todos y obliga a quienes se burlaron de ti a tragarse cada palabra.
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