—Ni uno más.
Patricio se detuvo.
Mariana levantó la mano.
—No, Alejandro. Déjame hablar.
El salón entero guardó silencio.
Mariana miró a Patricio sin llorar.
—Usted no solo me abandonó. Usó mi desgracia para casarse mejor. Se burló de mi pobreza cuando ayudó a fabricarla. Y todavía tuvo el descaro de llamarse hombre de honor.
Patricio bajó la mirada.
Renata se quitó el collar de esmeraldas y lo puso sobre una mesa.
—Mi papá va a querer ver esos papeles —dijo, fría—. Y yo voy a querer un abogado.
Patricio se volvió hacia ella.
—Renata, no hagas esto.
—¿No hacer qué? ¿Descubrir que me casé con un fraude? Neta, qué vergüenza.
La humillación que Patricio había preparado para Mariana regresó contra él multiplicada.
Alejandro entregó los documentos al abogado.
—Las pruebas ya fueron enviadas a las autoridades y a los acreedores. Esta noche termina su teatro, Valdés.
Patricio intentó gritar, pero 2 hombres de seguridad se acercaron.
No lo tocaron.
No hizo falta.
Él mismo entendió que su mundo acababa de caerse.
Alejandro ofreció el brazo a Mariana.
—¿Quieres irte?
Mariana miró a la sala.
A las mujeres que habían reído.
A los hombres que habían callado.
A su tía Amalia, que ahora parecía desesperada por reclamar parentesco.
Luego miró a Patricio.
—No. Quiero bailar.
La orquesta, temblando, comenzó un vals.
Alejandro tomó la cintura de Mariana y la llevó al centro del salón.
Los mismos que antes la miraban con lástima ahora abrían espacio como si estuvieran frente a una reina.
Pero Mariana no se sentía reina.
Se sentía viva.
—Debí volver antes —murmuró Alejandro.
—Llegaste cuando tenía que saberse todo —respondió ella.
—Nunca más vas a enfrentar esto sola.
Mariana respiró hondo.
—Nunca estuve sola. Solo estaba esperando recordar quién era.
Una semana después, Patricio fue citado por fraude, falsificación y manipulación de contratos. Su suegro retiró el apoyo financiero. Renata regresó a Sonora sin despedirse y con una demanda lista.
Las propiedades Valdés quedaron embargadas.
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