Luego 3,000.
Luego más de 70,000.
Una fundación internacional la contactó.
Y así conoció a Alejandro Robles.
Presidente de Fundación Robles, empresario discreto, viudo, dueño de colegios y centros de capacitación en México, Perú y Chile.
Alejandro no la trató como víctima.
La trató como líder.
Como socia.
Como una mujer que no necesitaba permiso para brillar.
Cuando vio la invitación de Mauricio, su rostro se tensó.
—¿Te invitó para burlarse de ti?
Clara asintió.
—Eso quiere.
Alejandro guardó silencio unos segundos.
Luego dijo:
—Entonces no vas a entrar sola.
El día de la boda, Mauricio esperaba en la entrada de la hacienda, vestido con traje negro, reloj caro y sonrisa de patrón.
Estaba seguro de que Clara llegaría nerviosa.
Pero los murmullos empezaron antes de que ella bajara.
Una camioneta negra se detuvo frente al arco de flores.
Luego otra.
Luego una tercera.
Bajaron 4 escoltas vestidos de traje oscuro.
Después bajó Clara.
Llevaba un vestido color marfil, sencillo, impecable.
El cabello suelto.
La mirada firme.
A su lado caminaba Alejandro Robles.
Mauricio dejó de sonreír.
Pero lo que le heló la sangre no fue verla hermosa.
Fue ver que uno de los escoltas traía una carpeta con el sello de la Fiscalía.
PARTE 2
Durante unos segundos, la hacienda completa pareció quedarse sin aire.
El mariachi dejó de tocar.
Los meseros se miraron entre ellos.
Las señoras con vestidos de diseñador dejaron sus copas a medio camino.
Todos voltearon hacia Clara como si una verdad acabara de entrar caminando por la puerta principal.
Mauricio había imaginado otra escena.
Clara llegando sola.
Clara incómoda.
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