—Esto es 1 asquerosidad, Elena —escupió Sofía, señalando la cama con 1 dedo de uñas acrílicas—. ¿Embarazarte de otro y usar a 1 bebé para arruinar mi boda? ¿De verdad estás tan desesperada por llamar la atención de toda la alta sociedad regiomontana?
La enfermera de turno, que estaba revisando el suero intravenoso de Elena, se quedó petrificada sosteniendo 1 portapapeles.
Elena ni siquiera parpadeó. Miró detenidamente el velo carísimo de Sofía, los diamantes que adornaban su cuello, y la expresión de 1 mujer que, en el fondo, sabía que su mentira colapsaba.
—Felicidades por tu gran día, Sofía —le respondió Elena, con 1 tono de voz sumamente calmado—. Al fin lograste ponerte el vestido blanco para casarte con el hombre que te robaste de mi propia casa.
Los ojos de la novia brillaron con rabia contenida.
—En esta vida nadie roba lo que ya no sirve, querida.
—Tienes toda la razón —concedió Elena con 1 pequeña inclinación de cabeza—. Yo simplemente dejé que te llevaras la mercancía defectuosa.
Rodrigo dio 1 paso al frente y cerró la pesada puerta de madera con 1 golpe seco que hizo eco en las paredes del hospital.
—Ya basta de juegos estúpidos —exigió él, con las manos temblando de ira y pánico—. ¿Esa niña es mía o no?
La bebé hizo 1 pequeño sonido frágil. Rodrigo retrocedió 2 pasos, mirándola no como a su propia sangre, sino como si la pequeña fuera 1 orden de aprehensión.
Elena extendió su mano derecha hacia el buró médico y tomó 1 gruesa carpeta azul. La arrojó suavemente sobre los pies de la cama.
—Prueba de paternidad prenatal. Cadena legal de custodia avalada ante notario público. Laboratorio genético certificado. Tu nombre y tu firma están en el reporte oficial, Rodrigo.
Él no quería abrir la carpeta. Elena veía el terror latiendo en su cuello. Le tenía más miedo a confirmar la verdad que a vivir en su ignorancia. Fue Sofía quien, presa de la histeria, se inclinó sobre el hombro de Rodrigo y arrancó los papeles.
Su rostro perdió el color en 1 segundo.
—No puede ser posible… esto es falso —murmuró Sofía con la voz quebrada.
Rodrigo le arrebató las hojas. Revisó la fecha del estudio. Contó los meses hacia atrás. 9 meses exactos. Y entonces, como 1 balde de agua helada, el recuerdo lo golpeó de frente.
La última semana de su matrimonio. La noche en que Rodrigo llegó a la casa de Valle de San Ángel ahogado en alcohol, llorando por la presión de su padre, por las quejas de los 15 inversionistas, y por el pánico a perder el control del grupo corporativo. Aquella madrugada, se metió a la cama de Elena pidiendo perdón de rodillas, jurando por su vida que estaba confundido. Fue la misma madrugada en la que, apenas salió el sol, empacó 3 maletas sin despedirse para irse a vivir con su amante.
—Tú lo sabías… —tartamudeó Rodrigo, dejándose caer en 1 sillón.
—Me enteré exactamente 2 semanas después de que firmamos el divorcio —aclaró Elena.
—¿Y por qué demonios no me dijiste nada durante estos 6 meses?
—Porque estabas demasiado ocupado pagando a la prensa para esparcir el rumor de que yo era 1 mujer estéril.
Sofía abrió la boca, pero no pudo articular palabra. Ahí apareció la primera gran grieta de su farsa.
Rodrigo había construido su estatus sobre 1 mentira monumental. Se presentaba en el club campestre como el pobre esposo atrapado con 1 mujer fría que le negaba ser padre. Se vendía como el valiente que rehacía su vida con 1 joven leal. Se jactaba de ser el millonario que le había dejado a su exesposa todo en el acuerdo.
Elena lo dejó hablar durante 6 largos meses. Lo dejó publicar fotos. Lo dejó conceder 3 entrevistas exclusivas, firmar acuerdos millonarios, presumir su boda de 4 millones de pesos, y repetir su nombre en cada evento como 1 advertencia.
Pero lo que Rodrigo olvidó, era exactamente quién era Elena antes de casarse con él.
Elena nunca fue 1 simple esposa de adorno. Nunca fue 1 trofeo para sonreír en las cenas del Casino de Monterrey. Ella era 1 implacable auditora financiera.
Y el gran Grupo Constructor Garza arrastraba 1 problema gravísimo que Rodrigo jamás comprendió: El Fideicomiso de la familia Treviño. Ese fondo fue creado por el abuelo de Elena hace 40 años para proteger las tierras más valiosas del estado. El mismo fideicomiso que Rodrigo utilizó ilegalmente como garantía bancaria sin su consentimiento. El mismo documento que Sofía ayudó a manipular, falsificando 5 firmas clave, asumiendo ingenuamente que la esposa deprimida jamás revisaría la contabilidad.
Rodrigo tragó saliva, sintiendo que el nudo de su corbata lo asfixiaba.
—¿Qué es lo que quieres, Elena?
—Absolutamente nada de ti.
—Entonces, ¿por qué armar este circo hoy?
—Yo no armé nada. Tú fuiste el que me llamó.
Sofía lo tomó del brazo, clavándole las uñas acrílicas.
—Rodrigo, vámonos ya. Tenemos a 300 invitados esperándonos.
Elena sonrió cansada, pero victoriosa.
—Sí, tienen razón. Deberían irse ya. Sus 300 invitados deben estar preguntándose por qué el novio salió huyendo de la iglesia justo antes de dar el sí.
En ese preciso instante, el celular de Rodrigo vibró. Luego vibró el de Sofía. Segundos después, se escucharon pasos apresurados acercándose por el pasillo del piso 4.
La puerta se abrió nuevamente. 2 hombres de traje oscuro entraron a la habitación.
—¿Señor Rodrigo Garza? —preguntó 1 de los agentes.
Rodrigo se quedó petrificado. El hombre levantó 1 sobre grueso.
—Queda usted legalmente notificado de la apertura de 1 carpeta de investigación judicial por fraude en su contra.
Sofía retrocedió, pero el segundo hombre se interpuso en su camino, extendiendo otro sobre.
—Y usted también está notificada, señorita Sofía Ramos.
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