PARTE 1
La fuerte tormenta de verano golpeaba con furia los enormes ventanales del Hospital Zambrano Hellion, el centro médico más exclusivo de San Pedro Garza García, en el corazón de Nuevo León, México. En la lujosa habitación 402, el aire olía a desinfectante de grado médico mezclado con el sutil aroma de los 4 inmensos arreglos de orquídeas blancas que adornaban las esquinas. Acostada en la cama eléctrica, con el rostro aún pálido por el titánico esfuerzo pero con 1 expresión de absoluta e inquebrantable paz, se encontraba Elena. Sobre su pecho descansaba 1 pequeña niña de apenas 3 horas de nacida, envuelta en 1 delicada cobija de algodón rosa. La bebé tenía los puños apretados, como si hubiera llegado a este mundo dispuesta a defenderse desde el primer segundo de su vida.
Habían pasado exactamente 6 meses desde que el juez de lo familiar dictó la sentencia definitiva del divorcio. 6 meses desde que Rodrigo, el hombre con el que Elena había compartido 8 años de su vida, la dejó por otra mujer. Y no por cualquier persona, sino por Sofía, la decoradora de interiores que Elena misma había contrató para remodelar su residencia de 3 pisos en la zona de Valle de San Ángel.
El silencioso ambiente de la habitación fue interrumpido repentinamente cuando la pantalla del celular se iluminó sobre la mesa de noche. El tono de llamada cortó la tranquilidad. Elena giró la cabeza con lentitud. Al ver el nombre que parpadeaba en la pantalla, 1 escalofrío le recorrió la espina dorsal. Era Rodrigo. Aquel hombre, arrogante heredero de 1 imperio de constructoras regiomontanas, la estaba llamando el mismo día en que se suponía que debía estar parado frente al altar de la Parroquia de Fátima. Elena dejó que el teléfono sonara 4 veces antes de deslizar el dedo por la pantalla y contestar.
—Contesta rápido, Elena —dijo la voz de Rodrigo, cargada de esa altivez tóxica que siempre lo había caracterizado—. Te llamo porque decidimos hacer las cosas bien. Queríamos que lo supieras por nosotros. Hoy me caso con la mujer que sí me dará la familia que tú nunca pudiste darme.
De fondo, a través de la bocina, Elena podía escuchar el inconfundible murmullo de la alta sociedad de Monterrey. Se oían risas elegantes y el tintineo de 100 copas de cristal chocando en brindis anticipados. Todo ese ruido pretencioso de gente rica celebrando el triunfo de 1 hombre que le había destrozado la vida y que, en su infinita soberbia, todavía esperaba aplausos.
Elena bajó la mirada hacia su hija. La manita de la bebé aferraba la bata de hospital.
—Felicidades, Rodrigo —respondió ella con 1 voz helada y sin emociones.
Él soltó 1 carcajada burlona.
—Siempre tan amargada. Por eso lo nuestro terminó en la basura. Te llamo para invitarte a la recepción en el Club Campestre. Sofía dice que te servirá para cerrar el ciclo sin guardar rencores.
Sofía. La misma mujer hipócrita que le decía “señora Elena, qué hermoso gusto tiene usted”, mientras se escabullía en los viajes de negocios de su marido a Los Cabos y Guadalajara.
—Acabo de dar a luz —dijo Elena, pronunciando cada sílaba con frialdad—. No voy a ir a ningún lado.
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto. La música clásica seguía sonando de fondo, pero Rodrigo dejó de respirar.
—¿Qué estupidez estás diciendo? —preguntó él.
—Que acabo de tener a 1 niña.
—¿De quién es ese bebé?
En el pasado, esa cruel exigencia le habría provocado lágrimas. Pero esa versión débil de Elena se había quedado enterrada en los juzgados.
—Regresa a tu boda, Rodrigo. Tus suegros te esperan.
—Elena… —su voz bajó a 1 susurro desesperado—. Dime que ese bebé no es mío.
—Firmaste los papeles del divorcio sin leer los anexos médicos. Siempre odiaste los detalles.
Solo pasaron 30 minutos. La puerta de la habitación 402 se abrió de 1 solo golpe. Rodrigo entró corriendo, vestido con 1 esmoquin negro carísimo. Estaba pálido, sudando, con el moño deshecho colgándole del cuello. Detrás de él, apareció Sofía, envuelta en 1 enorme vestido de novia y 1 tiara de diamantes temblando sobre su cabeza.
Rodrigo clavó sus ojos en la bebé que dormía. Luego miró a Elena.
—Tú planeaste esta trampa —susurró aterrado.
—No —respondió Elena tranquila—. Tú lo hiciste todo solo.
Por primera vez en 8 años, Elena vio pánico genuino en los ojos de Rodrigo Garza. Y nadie en aquella habitación podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Sofía fue la primera en recuperar el aliento. Entró a la habitación pisando fuerte, levantando el tul de su vestido para no mancharlo con el piso esterilizado. Su perfume dulce e invasivo saturó el aire limpio del cuarto, compitiendo asfixiantemente con el olor de las orquídeas. Detrás de su maquillaje perfecto, su falsa sonrisa de triunfo se transformó rápidamente en 1 mueca de pura furia.
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