Pero el rostro de la madre estaba tachado con crayón negro una y otra vez.
Debajo había otra frase.
“Papá dijo que debíamos escondernos.”
Escuché un ruido detrás de mí.
Me giré bruscamente.
Valeria estaba parada en la puerta.
Y ya no sonreía.
Sus ojos eran fríos.
Vacíos.
—No debiste entrar aquí.
Sentí algo oscuro en su voz.
—¿Qué pasó en esta habitación, Valeria?
Ella cruzó lentamente los brazos.
—Mi esposo murió en un incendio hace dos años.
—Eso no es toda la historia.
Silencio.
Luego soltó una pequeña risa.
—Eres enfermero, Daniel. No detective.
Bajé el dibujo lentamente.
—Sofía le tiene terror al fuego.
Por primera vez, Valeria perdió la calma.
—Los niños inventan cosas.
—¿También inventó los moretones?
Su rostro cambió apenas un segundo.
Pero lo vi.
Rabia.
Pura rabia.
—No vuelvas a cuestionarme sobre cómo crío a mi hija.
Intentó irse, pero dije algo que la detuvo.
—Creo que tu esposo no murió accidentalmente.
El silencio explotó entre nosotros.
Valeria giró lentamente.
Y sonrió.
Pero aquella sonrisa ya no parecía humana.
—Ten cuidado, Daniel.
Luego cerró la puerta al salir.
Esa noche dormí con un ojo abierto.
A las tres de la madrugada escuché pasos.
Me levanté rápidamente.
La habitación de Sofía estaba vacía.
Sentí el corazón estrellarse contra mis costillas.
Corrí hacia abajo.
La puerta trasera estaba abierta.
Y afuera, bajo la lluvia helada de Guadalajara, vi a Sofía parada sola junto al viejo cobertizo.
Valeria estaba frente a ella sujetándola del brazo con fuerza brutal.
—¡Mamá, me duele! —lloraba la niña.
—¡Deja de mentir! —gruñó Valeria—. ¡Todo esto es tu culpa!
Corrí hacia ellas.
—¡SUÉLTALA!
Valeria me miró como si acabara de interrumpir algo importante.
Algo peligroso.
Cuando intenté apartar a Sofía, Valeria perdió completamente el control.
—¡Ella destruye todo! ¡Igual que su padre!
El llanto de Sofía empeoró.
—¡No quería contarle! ¡Lo siento!
La lluvia golpeaba violentamente el techo metálico del cobertizo.
Y entonces Valeria gritó algo que jamás olvidaré.
—¡TU PADRE DEBIÓ SACARTE DE ESA CASA ANTES DE QUE EMPEZARA EL FUEGO!
Todo quedó en silencio.
Incluso ella entendió lo que acababa de decir.
Sofía empezó a temblar.
—Mamá…
La miré fijamente.
—¿Qué acabas de admitir?
Valeria retrocedió lentamente.
Y por primera vez vi miedo en su rostro.
No el miedo de una víctima.
El miedo de alguien atrapado.
Sofía comenzó a llorar desesperadamente.
—¡Ella encerró a papi! ¡Yo lo vi!
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
Valeria gritó:
—¡CÁLLATE!
Pero Sofía ya no podía detenerse.
Las palabras salían entre sollozos violentos.
—Papi quería irse con nosotros… dijo que mamá estaba enferma… discutieron… y después olía a gasolina…
Mi piel se congeló.
—¿Gasolina?
Sofía asintió llorando.
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