—No le digas nada a mamá… por favor…
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Ella te hizo esto?
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.
Pero no respondió.
Solo repitió algo que me heló la sangre.
—Si hablo… el incendio volverá.
Aquella frase no dejó de perseguirme durante todo el día.
En el hospital apenas podía concentrarme. Mientras colocaba vías intravenosas y revisaba monitores cardíacos, mi mente seguía atrapada en la mirada aterrorizada de Sofía.
Y entonces recordé algo.
Dos semanas antes, mientras buscaba cobijas en el ático de la casa, encontré una habitación cerrada con llave.
Cuando le pregunté a Valeria qué había allí, ella sonrió demasiado rápido.
—Solo cosas viejas.
Pero había algo extraño.
La puerta tenía marcas negras alrededor del marco.
Como humo.
Como si alguna vez hubiera habido fuego.
Esa noche regresé temprano a casa.
Valeria aún no había llegado de una cena corporativa.
Sofía hacía tarea en la cocina.
—¿Dónde está la llave del ático? —pregunté con naturalidad.
La niña levantó la vista de inmediato.
Y el miedo apareció otra vez.
—Mamá dice que nadie puede entrar ahí.
—¿Por qué?
Ella dudó varios segundos.
Luego susurró:
—Porque ahí murió mi papá.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Qué dijiste?
Pero en ese instante escuchamos el sonido del Mercedes entrando al garaje.
Sofía se puso pálida.
Valeria entró sonriendo.
—Mis personas favoritas.
Se inclinó para besarme, pero percibí algo raro.
Alcohol.
Y debajo del perfume…
humo.
Durante la cena apenas habló.
Pero varias veces sorprendí su mirada fija sobre Sofía.
No como una madre amorosa.
Como alguien vigilando una amenaza.
A medianoche esperé a que se durmiera.
Luego subí silenciosamente al ático.
La llave estaba escondida dentro de una caja de costura en el estudio. Exactamente donde imaginé que alguien obsesionada con el control la guardaría.
Abrí la puerta lentamente.
Un olor viejo me golpeó de inmediato.
Ceniza.
Madera quemada.
Y humedad.
La habitación estaba completamente vacía excepto por una silla infantil carbonizada en una esquina.
Sentí un escalofrío recorriéndome entero.
Entonces vi algo en el suelo.
Un pequeño dibujo infantil.
Lo levanté cuidadosamente.
Era una familia de tres personas tomadas de la mano.
Arriba, escrito con letra temblorosa:
“Papá, mamá y Sofi.”
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