—Mariana, estás destruyendo mi vida.
—Tú casi destruyes la mía.
Él colgó.
La llamada del Ministerio Público llegó un miércoles al mediodía.
—Señora Mariana, ya tenemos el resultado del análisis. Venga con su abogado.
En la oficina del agente Ramírez, Mariana vio la carpeta antes de oír la explicación. Era gruesa, llena de sellos y fotografías microscópicas de la tela.
—El vestido contiene un tinte del grupo azoico —dijo Ramírez—, el mismo tipo de compuesto al que usted es alérgica. La concentración es tres veces mayor a la normal.
Mariana sintió que se le iba el aire.
—¿De fábrica?
—No. Hay rastros de aplicación posterior, sobre todo en zonas de contacto con la piel: cuello, pecho, cintura. También tiene formaldehído. El perito concluye que la prenda fue tratada después de su compra.
Cecilia, que estaba sentada junto a ella, se cubrió la boca.
—Entonces sí era para matarla…
Ramírez cerró la carpeta.
—Vamos a citar a Arturo Medina y a Laura Rivas. Esto ya no parece un accidente.
El interrogatorio de Arturo fue al día siguiente. Mariana no estuvo dentro, pero el licenciado Herrera recibió parte de la información. Arturo admitió deudas: préstamos, tarjetas, dinero pedido a gente peligrosa. Más de dos millones de pesos.
También admitió que Laura era su amante.
Pero negó haber tratado el vestido.
—Fue idea de ella —dijo.
Laura fue citada después. Al principio negó todo. Dijo que solo compró el vestido por amor, que Arturo le había prometido divorciarse, que no sabía nada de alergias.
Pero el agente Ramírez tenía otra carta.
Un proveedor de químicos textiles declaró que, un mes antes, Laura había comprado un tinte especial pagando en efectivo. Dijo que era para “un proyecto exclusivo”.
Cuando le mostraron la foto de Laura, la reconoció.
Mariana escuchó la noticia en silencio. Ya no lloraba. Sentía algo peor: una calma fría, como si su corazón se hubiera cansado de romperse.
Esa tarde, Ramírez llamó otra vez.
—Laura pidió ampliar su declaración. Dice que quiere hablar.
Mariana sostuvo el celular con ambas manos.
—¿Qué va a decir?
—Creo que por fin va a contar toda la verdad.
Y justo antes de que esa verdad saliera completa, Mariana entendió que la traición era mucho más cruel de lo que imaginaba…
PARTE 3
Laura Rivas confesó a las cinco de la tarde.
Contó que Arturo le había hablado de la alergia de Mariana desde meses antes. Le dijo que su esposa tenía farmacias, departamento, cuentas, una vida resuelta. También le dijo que él estaba hundido en deudas y que, si Mariana moría, todo pasaría a sus manos.
—Solo tiene que parecer una reacción alérgica —le había dicho Arturo—. Nadie sospecha de una alergia.
Laura compró el vestido en Polanco. Después consiguió el tinte con un proveedor que conocía por su trabajo. En su departamento de Narvarte, roció la parte interna de la tela, especialmente las zonas que tocarían la piel. Dejó secar la prenda, la empacó otra vez y se la entregó a Arturo.
El plan era simple y monstruoso: Mariana se pondría el vestido, sufriría un shock anafiláctico y Arturo fingiría desesperación. Después heredaría el departamento y las farmacias. Con ese dinero pagaría sus deudas y comenzaría una vida nueva con Laura.
No contaban con Cecilia.
La hermana de Arturo, por vanidad inocente, se probó el vestido primero y salvó la vida de Mariana.
Cuando Arturo supo que Cecilia había terminado con una crisis alérgica, entró en pánico. Por eso negó todo. Por eso quiso que Mariana tirara el vestido. Por eso insistió en que era una exageración.
Al escuchar la confesión, Mariana no gritó. No se desmayó. No pidió explicaciones. Solo se quedó sentada frente al licenciado Herrera, mirando el vaso de agua que tenía entre las manos.
—Once años —susurró—. Once años durmiendo al lado de alguien que calculó mi muerte.
El abogado no respondió. A veces no hay palabras limpias para una traición tan sucia.
Esa noche, Cecilia fue a verla. Lloró en la cocina, con la misma taza de café que había usado el día del vestido.
—Perdóname —dijo.
—¿Por qué?
—Porque es mi hermano.
Mariana la abrazó.
—Tú me salvaste la vida.
Cecilia lloró más fuerte.
—Yo solo quería verme bonita.
—Y por eso sigo viva.
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