PARTE 1
—Póntelo esta noche, Mariana. Quiero verte con ese vestido antes de dormir.
La forma en que Arturo lo dijo le heló la sangre, aunque todavía no sabía por qué.
Mariana Solís tenía 37 años y desde hacía cinco dirigía Farmacias San Ángel, el negocio que su mamá le había dejado antes de morir. No era millonaria, pero le iba bien: tres sucursales en la Ciudad de México, empleados fieles, proveedores estables y una vida que, al menos desde afuera, parecía ordenada.
Su esposo, Arturo Medina, acababa de llegar de un supuesto viaje de trabajo a Puebla. Entró al departamento de la colonia Del Valle con una sonrisa rara, casi ensayada, cargando una caja blanca con moño plateado.
—Te traje algo —dijo, dejándola sobre la mesa del comedor.
Mariana se sorprendió. En once años de matrimonio, Arturo nunca había sido detallista. No olvidaba fechas importantes, pero sus regalos siempre eran prácticos: una agenda, una licuadora, una tarjeta de regalo. Nunca algo impulsivo, nunca algo caro.
Al abrir la caja, Mariana encontró un vestido verde esmeralda, elegante, de una marca de lujo que ella solo había visto en vitrinas de Polanco. La tela brillaba bajo la luz clara del comedor. Era precioso.
—Arturo… esto cuesta una fortuna.
—Te lo mereces —respondió él, besándole la frente—. Siempre trabajas para todos menos para ti.
Mariana sonrió, pero algo en su pecho se quedó inquieto. Arturo no era así.
El sábado por la tarde, mientras él decía estar en la oficina terminando un reporte, llegó Cecilia, su cuñada. Era maestra de kínder, sencilla, cariñosa, y siempre había tratado a Mariana como una hermana.
Tomaron café, hablaron de la escuela, de los niños, de lo caro que estaba todo. Entonces Cecilia vio la caja.
—¡Ay, Mariana! ¿Y esta belleza?
—Me la regaló Arturo.
Cecilia abrió los ojos como niña frente a un aparador.
—¿Me lo puedo probar tantito? Nomás para verme. En mi vida voy a comprar algo así.
Mariana se rio.
—Claro, pero con cuidado.
Cecilia entró al cuarto y salió minutos después con el vestido puesto. Le quedaba perfecto. Caminó hacia el espejo del pasillo, giró despacio y sonrió.
—Parezco de novela —dijo.
Pero la sonrisa se le borró en segundos.
Primero tosió. Luego se llevó las manos al cuello. Su cara empezó a ponerse roja, llena de manchas.
—No puedo respirar… Mariana… me arde…
—¿Qué tienes?
Cecilia trató de quitarse el vestido, pero el cierre se atoró. Empezó a desesperarse, jalando la tela, llorando, respirando con dificultad. Mariana corrió hacia ella, le bajó el cierre como pudo y tiró el vestido al piso.
—¡Respira, Ceci! ¡Respira!
Llamó a emergencias. Mientras esperaba, le dio un antihistamínico que guardaba por su propia alergia severa. Mariana tenía diagnosticada una reacción peligrosa a ciertos tintes textiles. Cinco años atrás, una blusa nueva casi la había mandado a terapia intensiva. Arturo lo sabía. Había estado ahí, llorando junto a la camilla.
Cuando los paramédicos revisaron a Cecilia, dijeron que parecía una reacción alérgica por contacto.
—¿Se puso alguna prenda nueva? —preguntó la doctora.
Mariana señaló el vestido tirado en el piso.
La doctora lo tomó con cuidado, olió la tela y frunció el ceño.
—Huele fuerte. Como a químico. No se lo ponga usted tampoco.
Después de que Cecilia se fue, Mariana guardó el vestido en una bolsa, usando guantes. Luego revisó la caja y encontró el ticket.
Lo leyó una vez. Luego otra.
La fecha de compra era del jueves. En una boutique de Polanco.
Pero Arturo había dicho que estaba en Puebla hasta el viernes por la noche.
Mariana sintió que el departamento se movía bajo sus pies.
Arturo le había mentido.
Tomó su celular y le marcó. Él contestó molesto.
—¿Qué pasó?
—Tu hermana casi se asfixia con el vestido que me regalaste.
Hubo silencio.
—Habrá sido una alergia cualquiera.
—Yo tengo alergia a tintes textiles, Arturo. Tú lo sabes.
—No exageres, Mariana. Fue un accidente.
—El ticket dice que lo compraron en Polanco el jueves. Tú supuestamente estabas en Puebla.
El silencio fue más largo.
—Le pedí a alguien que lo comprara por mí.
—¿A quién?
—Luego hablamos.
Colgó.
Mariana se quedó mirando la bolsa donde había guardado el vestido. Por primera vez en once años, tuvo miedo de su propio esposo.
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