Con manos temblorosas pero firmes, vaciaron los líquidos en recipientes temporales, lavaron ambos frascos a la perfección y los intercambiaron. El veneno mortal, la prueba de su maldad, quedó oculto en el frasco de medicina personal de Coralina. El calmante inofensivo —pero lo suficientemente potente para noquear a cualquiera— quedó en el frasco que las mujeres creían que era el veneno asesino.
—Si todo sale como lo planeamos, hoy solo vamos a dormir mucho —susurró Cael, apretando los puños.
Horas después, tal y como lo habían previsto, Coralina y Patricia entraron a la recámara de los gemelos, portando una bandeja con dos tazas de té caliente y la mejor de sus sonrisas falsas.
—Beban, mis niños, para que duerman rico y profundo —ronroneó Patricia, acariciándoles el cabello con hipocresía.
Los gemelos, excelentes actores por supervivencia, bebieron sin rechistar. El efecto de la sobredosis del fuerte calmante no se hizo esperar. En cuestión de minutos, la pesadez invadió sus cuerpos pequeños. Se desplomaron sobre las sábanas, la respiración se volvió tan superficial y el pulso tan escandalosamente lento que, a los ojos de cualquiera, lucían como dos cuerpos sin vida.
Marcos entró un rato después a la recámara para darles el tradicional beso de buenas noches. Al verlos pálidos, helados e inmóviles, el mundo se le vino encima en un instante.
—¡Cayo! ¡Cael! ¡Despierten! ¡Por el amor de Dios, niños, despierten! —gritó, sacudiéndolos con una desesperación desgarradora.
Patricia y Coralina entraron corriendo, montando un teatro perfecto de gritos, lágrimas y lamentos falsos. Pero, en medio de la confusión y la excelente actuación, la arrogancia les cobró factura. Al acercarse para darle unas palmadas de consuelo en la espalda a Marcos, a Coralina se le resbaló de su bata el frasco que ella juraba contenía el veneno.
Marcos, tirado en el suelo llorando mares sobre los cuerpos de sus hijos, vio rodar el botecito de cristal hasta detenerse contra sus rodillas. Lentamente, lo tomó entre sus manos temblorosas.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz rota por el dolor, pero con un destello de extrañeza y furia ciega naciendo en sus pupilas.
El silencio fue ensordecedor. Coralina palideció de golpe, sintiendo cómo se le helaba la sangre.
—Marcos, mi amor… eso no es nada… seguro fue una falla de sus corazoncitos. Los gemelos tienen conexiones fuertes, su destino era estar juntos… —balbuceó Patricia, intentando quitarle el frasco.
—¡No me toques! —rugió Marcos, levantándose como un león herido—. Mis hijos estaban completamente sanos hasta hace unas semanas. Y justo ahora encuentro esto tirado al pie de su cama. ¡Voy a llamar a la policía! ¡Quiero una investigación completa y una autopsia ahora mismo!
Antes de que las mujeres pudieran inventar alguna artimaña para detenerlo, el forense de confianza, el Dr. Federico, y las patrullas llegaron a la residencia. Los cuerpos fueron levantados y llevados a la morgue de inmediato bajo cadena de custodia, llevándose consigo el frasco incautado.
Y así, el círculo se cerraba en el frío anfiteatro, donde la muerte intentó reinar, pero fue monumentalmente burlada.
De vuelta en la mansión, el ambiente era irrespirable. Patricia caminaba como fiera enjaulada, arrancándose casi el cabello, bañada en sudor frío.
—¡Nos van a descubrir! ¡El maldito frasco tiene mis huellas, mamá! ¡Vamos a terminar refundidas en la cárcel! —chillaba histérica.
Coralina, por primera vez en su vida, sintió verdadero terror.
—Tranquila, no pierdas la cabeza. Agarramos todas tus joyas, las empeñamos ahorita mismo y sobornamos al forense. Tenemos que huir.
Buscó desesperadamente en su bolsa. El pánico le estaba cerrando la garganta, asfixiándola. Necesitaba urgentemente su medicina para poder pensar con claridad. Encontró el frasco de su calmante, lo destapó con manos que le temblaban sin control y, necesitando desesperadamente tranquilizar sus nervios rotos, se bebió casi todo el contenido de un solo y prolongado trago.
Justo cuando iban a salir por la puerta trasera, el timbre principal sonó de manera agresiva.
Patricia caminó hacia la ventana, descorrió la cortina y sintió que el alma abandonaba su cuerpo de forma violenta.
Ahí estaban. Cayo y Cael. Vivos, de pie, tomados de la mano del doctor Federico, escoltados firmemente por dos oficiales de policía y la doctora Cristina.
Marcos abrió la puerta de un tirón. Bajó los escalones a zancadas y cayó de rodillas, rompiendo en un llanto de alivio desgarrador mientras abrazaba a sus hijos contra su pecho.
—Pero… ¿cómo? ¿Cómo es posible? —lloraba, besándoles la frente sin poder creerlo.
—Tus esposita perfecta y su madre intentaron matarnos, papá —dijo Cayo con voz firme, señalando con el dedo acusador a las dos mujeres que miraban la escena petrificadas desde el umbral.
—¡Mentira! —chilló Patricia, intentando acercarse con una sonrisa macabra y temblorosa—. ¡Mis niños hermosos! ¡Están vivos, qué milagro de Dios! Ustedes están confundidos, mi amor. Seguro lo soñaron. Nosotras los amamos más que a nada.
—¡Cállate, bruja mentirosa! —escupió Cael con furia—. Las escuchamos hablando en la cocina. Nos querían asesinar lentamente con unas gotas para quedarse con tu dinero, papá.
El Dr. Federico intervino, desplegando un reporte oficial frente a todos.
—El frasco que se me entregó en la escena del crimen solamente contenía un potente calmante para adultos, Marcos. Los niños, en un acto de supervivencia increíble, cambiaron los líquidos antes de que estas mujeres intentaran darles el golpe final anoche. Los durmieron profundamente, causando un estado cataléptico, pero jamás estuvieron muertos ni en peligro real por esa dosis.
El silencio sepulcral de la entrada fue roto por un sonido gutural, viscoso y aterrador.
Todas las miradas se clavaron instantáneamente en Coralina.
La mujer soltó el bolso de diseñador, que cayó al piso con un ruido seco. Sus ojos se inyectaron en sangre y comenzaron a girar descontroladamente en sus órbitas. Se agarró el estómago emitiendo un gruñido ahogado y cayó pesadamente de rodillas.
En medio de su desesperación, había ingerido su supuesto calmante, sin saber que los niños lo habían llenado con el veneno mortal e indetectable que ella misma había comprado en la sierra.
Espuma blanca y espesa comenzó a brotarle por la comisura de los labios mientras convulsionaba violentamente en el suelo de mármol de la entrada.
—¡Mamá! ¡Mamá, no me dejes! —gritó Patricia, arrojándose desesperada sobre el cuerpo retorcido de la mujer.
En cuestión de segundos, los espasmos cesaron. La vieja y perversa Coralina quedó completamente inerte. La misma arma letal y cobarde que compró para asesinar a la sangre inocente, fue la que terminó cobrándole la vida de forma fulminante.
Los policías se acercaron rápidamente y levantaron a Patricia por la fuerza, mientras ella pataleaba, arañaba y lloraba desconsolada.
—¡Yo no fui! ¡Fue ella! ¡Mi mamá fue la de la idea, ella hizo todo, se los juro por Dios! ¡Soy inocente! —suplicaba y gritaba cobardemente, mientras las esposas de metal frío se cerraban en sus muñecas con un chasquido.
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