—Probablemente sea una intoxicación alimentaria severa combinada con estrés —diagnosticó el pediatra, confundido.
Mientras Cayo perdía fuerzas en su recámara, luciendo cada día más pálido y ojeroso, Coralina y Patricia celebraban en la cocina.
—Mañana le subimos la dosis a dos gotas. Ese escuincle ya está con un pie en la tumba y los médicos no tienen ni idea —se burlaba Coralina, guardando el botecito asesino en su bolsa.
Cael, desesperado, no se despegaba de la cama de su hermano gemelo.
—Pronto vas a estar bien, hermanito. Vas a ver que esto pasa rápido —le decía, tomándole la mano.
En ese momento, la puerta crujió y entró Coralina con un tazón rebosante de ensalada de frutas frescas.
—Ándale, mi vida. Cómete tu frutita para que agarres energía y te levantes de esa cama —dijo con voz acaramelada, dejando el plato en el buró antes de salir a paso ligero.
Cayo miró la fruta con repulsión. Suspiró, debilitado.
—No quiero, Cael. No me voy a comer eso. Siempre que pruebo lo que me traen Patricia o Coralina, me pongo mucho peor. Me da terror comer.
—Pero no puedes dejarte morir de hambre, tienes que comer algo —insistió Cael preocupado—. Cómetelo, de verdad sabe muy rica. Coralina preparó un tazón gigante en la cocina y yo comí de la misma hace rato. No hace daño.
Cayo empujó el plato hacia su gemelo.
—Entonces cómetela tú. Yo no voy a probar ni un bocado. Y si preguntan, diles que fui yo quien se la acabó para que no me regañen.
Cael suspiró, cedió ante la mirada suplicante de su hermano y se comió la ensalada. Acababa de tragarse la ración envenenada.
No pasaron ni diez minutos cuando el rostro de Cael palideció repentinamente. Se agarró el estómago, soltó un quejido agudo y corrió al baño a vomitar de manera violenta.
Cayo se sentó en la cama de golpe, sintiendo cómo su mente trabajaba a mil por hora. Él no había comido nada, y, sorprendentemente, se sentía lúcido y sin dolor por primera vez en días.
Cuando Cael salió del baño, limpiándose la boca y temblando de escalofríos, Cayo lo miró fijamente a los ojos.
—Cael… no es ningún virus. Es la comida. Sólo te enfermaste cuando comiste exactamente la porción que Coralina trajo para mí.
Cael abrió mucho los ojos, asimilando la información.
—¿Estás diciendo que… nos están envenenando? Pero si ellas son súper lindas con nosotros, siempre nos consienten.
—Las apariencias engañan, como siempre nos dice papá —sentenció Cayo con una madurez que el miedo le obligó a encontrar—. O son dos brujas disfrazadas, o estoy loco. Pero vamos a averiguarlo. Vamos a ponerles una trampa.
Esa misma tarde, Cayo, fingiendo estar ligeramente mejor, pidió un antojo específico: el famoso pastel de chocolate que solo Coralina sabía hacer. Sabía perfectamente que su abuelastra no perdería la oportunidad para administrarle la siguiente dosis.
En cuanto Coralina bajó a la cocina, los gemelos salieron de puntillas de su habitación y se escondieron estratégicamente detrás del gran biombo del comedor, desde donde podían espiar sin ser vistos.
Allí vieron llegar a Patricia, furiosa, pisando fuerte el suelo de mármol.
—¡Mamá, ese maldito escuincle no se muere! ¡Tu supuesto veneno infalible no sirve para nada!
Escondidos en las sombras, los gemelos se taparon la boca, petrificados por el terror de confirmar sus peores sospechas.
—Paciencia, mi niña, no levantes la voz —respondió Coralina, batiendo la mezcla de chocolate con tranquilidad—. Hoy le pondré una dosis especial a este pastel. Y en la noche, con la cena, le damos el tiro de gracia. Será su última comida. Cuando ya no respire, lloraremos mucho y luego vamos por el otro, y así todo el dinero de Marcos será solo para ti.
Los niños corrieron de regreso a la recámara, con los corazones latiéndoles desbocados en la garganta.
—Nos van a matar de verdad, nos están asesinando en nuestra propia casa —sollozó Cael, al borde de un ataque de pánico.
—Hay que decirle a papá ahorita mismo —propuso Cael.
—¡No nos va a creer! —lo detuvo Cayo, sujetándolo de los hombros—. Las ama, está embobado con Patricia. Ellas son expertas en fingir. Necesitamos pruebas concretas. Hay que usar su veneno en su contra, pero sin que nos mate de verdad.
Los ojos de Cayo se iluminaron de pronto al recordar un detalle crucial. Coralina era adicta a unas gotas para dormir; un calmante recetado extremadamente fuerte que guardaba en su neceser junto con sus cosméticos.
Esa noche, cuando las mujeres se distrajeron en la sala platicando animadamente con Marcos, los gemelos se escabulleron sigilosamente a la recámara de Coralina. Revolvieron los cajones hasta que encontraron, en el fondo del neceser marrón, el frasco de cristal grueso con el veneno. A un lado, en el buró, descansaba el frasco de su poderoso calmante.
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