Una joven de 24 años fue obligada por su madrastra a acostarse con uno de sus socios de negocios… y huyó desesperada hacia el auto de un desconocido. Pero aquel instante cambiaría su vida para siempre…

Una joven de 24 años fue obligada por su madrastra a acostarse con uno de sus socios de negocios… y huyó desesperada hacia el auto de un desconocido. Pero aquel instante cambiaría su vida para siempre…

Camila cerró los ojos, pero las lágrimas escaparon de todos modos.

—Mi madrastra… intentó entregarme esta noche a uno de sus socios. Dice que le debo todo. Que después de todo el dinero que gastó criándome… mi cuerpo es lo único útil que me queda.

El automóvil quedó completamente en silencio.

Incluso las manos del chofer se tensaron sobre el volante.

Camila tragó saliva con dificultad.

—Cuando me negué… me golpeó. Me encerró con él. Escapé por la ventana del baño. No tengo teléfono. No tengo zapatos… ni siquiera sé dónde estoy.

Alejandro la observó largamente.

Y detrás de aquellos ojos tranquilos apareció algo peligrosamente frío.

Afuera, un relámpago iluminó el cielo de Monterrey.

En el espejo lateral apareció una camioneta negra saliendo del mismo camino de tierra y acelerando detrás de ellos.

Camila la vio.

La sangre se le congeló.

—Son ellos… —susurró aterrada.

Las luces de la camioneta se acercaban cada vez más.

Alejandro se inclinó hacia adelante y habló con una calma mucho más aterradora que cualquier grito.

—No tomes la avenida principal.

Luego miró directamente a Camila.

—Agáchate.

Ella obedeció de inmediato, abrazando el abrigo contra su pecho. Pero entonces sus ojos se detuvieron en un detalle que hizo que el estómago se le hundiera.

Antes de apagarse, la pantalla del teléfono de Alejandro mostró el nombre de la última persona que lo había llamado.

Verónica Montemayor.

Alejandro notó exactamente hacia dónde estaba mirando.

La camioneta detrás de ellos aceleró aún más.

Y antes de que Camila pudiera gritar… antes siquiera de alcanzar la puerta del auto… Alejandro dijo unas palabras que le hicieron comprender que quizá no había escapado realmente de aquella mansión.

Tal vez solo había caído directamente en algo mucho peor…

Alejandro sostuvo la mirada de Camila durante unos segundos que parecieron eternos.

Después dijo, con una calma aterradora:

—Conozco a Verónica Montemayor.

El corazón de Camila se detuvo.

La lluvia golpeaba las ventanas del automóvil mientras la camioneta negra detrás de ellos aceleraba peligrosamente.

—¿Qué… qué dijo? —susurró ella, retrocediendo hasta pegarse contra la puerta.

Alejandro no apartó la mirada.

—Tu madrastra me llamó hace veinte minutos. Me pidió ayuda para encontrarte.

Camila sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

No.

No podía ser.

Había escapado de una jaula para entrar en otra.

Sus dedos temblaron mientras buscaba desesperadamente la manija de la puerta.

—Déjeme salir…

Alejandro reaccionó de inmediato y atrapó suavemente su muñeca.

No con violencia.

Pero sí con firmeza.

—Si sales ahora, ellos te encontrarán antes de que pongas un pie en la carretera.

—¡Usted trabaja para ella!

—No.

Aquella sola palabra fue tan fría que Camila dejó de moverse.

Alejandro soltó lentamente su mano.

—Verónica me pidió que la ayudara a cerrar un trato esta noche. Pero no sabía que el “trato” eras tú.

La camioneta negra apareció más cerca, pegándose al automóvil.

El chofer maldijo entre dientes.

—Señor Carranza, vienen armados.

Camila se quedó helada.

Alejandro miró por el espejo lateral y luego volvió a verla.

—Escúchame bien. Si quisiera entregarte, ya lo habría hecho.

—Entonces ¿por qué ella lo llamó?

Una sombra oscura cruzó el rostro de Alejandro.

—Porque su empresa está endeudada con la mía.

Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Carranza.

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