Una joven de 24 años fue obligada por su madrastra a acostarse con uno de sus socios de negocios… y huyó desesperada hacia el auto de un desconocido. Pero aquel instante cambiaría su vida para siempre…

Una joven de 24 años fue obligada por su madrastra a acostarse con uno de sus socios de negocios… y huyó desesperada hacia el auto de un desconocido. Pero aquel instante cambiaría su vida para siempre…

Ella no sabía la puerta que acababa de abrir.

—¿Alguien vio hacia dónde corrió esa muchacha?

—No, señora. Creo que escapó por el camino trasero.

Aquella noche, la lluvia no caía suavemente.

Golpeaba la tierra con furia, como si el mismo cielo estuviera lleno de rabia.

Camila Montemayor tropezó descalza entre el lodo detrás de la enorme mansión familiar en las afueras de San Pedro Garza García, Monterrey. Sus tobillos sangraban, y el vestido plateado que llevaba pegado al cuerpo por la lluvia dejaba ver sus temblores. El maquillaje corrido se mezclaba con las lágrimas, mientras un moretón oscuro ardía sobre su mejilla, justo donde el anillo de su madrastra la había golpeado.

Ella no corría hacia la salvación.

Corría porque la pesadilla dentro de aquella mansión todavía tenía manos, dinero, hombres buscándola… y una voz capaz de destruirla.

Entre los árboles, una linterna atravesó la tormenta.

Camila dejó escapar un jadeo ahogado.

Entonces escuchó que alguien gritaba su nombre.

No con preocupación.

Sino con posesión.

—¡Camila! ¡Regresa ahora mismo antes de que empeores las cosas!

Verónica Montemayor jamás levantaba la voz a menos que hubiera perdido el control. Y esa noche, Camila acababa de arruinar el negocio más importante de toda su vida.

Todo porque se había negado a convertirse en moneda de cambio.

Una hora antes, Verónica había sonreído frente a los invitados de la fiesta, acomodado con delicadeza el collar de diamantes sobre el cuello de Camila y susurrado que el señor Salvatierra era un hombre poderoso, lo suficientemente rico como para salvar la empresa familiar.

Después la empujó hacia una habitación del segundo piso, cerró la puerta desde afuera y la dejó sola con un hombre viejo, repugnante y lo bastante rico como para comprar silencios.

Cuando Camila intentó resistirse, Verónica la golpeó tan fuerte que todo el cuarto comenzó a girar.

Cuando empezó a llorar, su madrastra le dijo que las mujeres agradecidas aprendían a guardar silencio.

Y cuando el anciano se acercó lentamente hacia la cama, Camila vio la pequeña ventana del baño.

No pensó.

Simplemente corrió.

Ahora la tormenta devoraba sus gritos mientras llegaba tambaleándose a una carretera casi vacía.

De pronto, dos luces aparecieron entre la oscuridad.

Un automóvil negro salió de la lluvia, elegante y silencioso, avanzando a gran velocidad sobre el asfalto mojado.

Camila se colocó en medio de la carretera y levantó ambas manos.

—¡Por favor… deténgase… por favor!

Los frenos chirriaron violentamente.

El vehículo derrapó unos metros antes de detenerse tan cerca de ella que pudo sentir el calor del motor contra sus piernas heladas.

Durante un segundo eterno, nadie se movió.

Entonces Camila corrió hacia la ventana del copiloto y golpeó el vidrio desesperadamente.

—¡Ayúdeme! ¡Se lo suplico! ¡No me deje aquí!

Dentro del automóvil, Alejandro Carranza levantó la mirada desde el asiento trasero.

No era el tipo de hombre que abría la puerta a los problemas.

Era el tipo de hombre al que otros obedecían sin cuestionar.

Su traje italiano permanecía impecablemente seco. Su expresión era fría e imposible de leer. El reflejo azul de su teléfono iluminaba apenas sus ojos oscuros después de terminar una llamada importante.

Pero la joven empapada frente a él no parecía una estafa.

Parecía alguien que acababa de gastar el último milagro que le quedaba.

La mirada de Alejandro recorrió lentamente el rostro golpeado de Camila, sus pies descalzos y el camino oscuro detrás de ella, donde una linterna se acercaba cada vez más.

Su voz fue baja y tranquila.

—Ábranle la puerta.

El chofer dudó apenas un instante antes de desbloquear el seguro.

Camila subió al asiento trasero sin siquiera preguntar quién era aquel hombre.

El calor del cuero, el aroma elegante del perfume masculino y el silencio lujoso del automóvil la envolvieron como otro universo completamente distinto al suyo. Se encogió en una esquina, temblando tanto que sus dientes chocaban entre sí.

El coche arrancó nuevamente.

Solo cuando las luces de la mansión desaparecieron detrás de la lluvia logró respirar un poco.

—No pueden encontrarme… —susurró abrazándose a sí misma—. Si me llevan de regreso… ella me destruirá.

Alejandro se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros. Sus dedos rozaron el brazo helado de la muchacha y algo oscuro tensó su mandíbula.

—¿Quién va a destruirte?

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