PARTE 1
“Si mi hijo se toma esas pastillas, no llega vivo al domingo.”
Eso me dijo Don Miguel, el encargado de seguridad de la obra, mientras sostenía entre los dedos una pastilla blanca que acababa de sacar del lonchero de mi hijo.
Yo me quedé helado.
Me llamo Javier Ramírez, tengo setenta años y debería estar sentado en una mecedora en Veracruz, viendo el mar y recordando a mi esposa Lucía. Pero desde que ella murió, mi vida se volvió puro cemento, polvo y cansancio. Volví a trabajar en una construcción en las afueras de la Ciudad de México porque mi hijo Diego me pidió ayuda.
Diego tenía una enfermedad del corazón desde hacía años. El estrés podía tumbarlo. Cuando me dijo que estaba ahogado con la hipoteca de la casa en Satélite, vendí mi departamento, el único patrimonio que me quedaba, y le di todo: dos millones de pesos.
“Es para que estés tranquilo, mijo”, le dije.
Su esposa, Mariana, lloró de agradecimiento. Me abrazó como si yo fuera su propio padre. Desde entonces, todas las mañanas me preparaba café y un lonche.
“Cuídese, don Javi. Usted también es familia”, me decía con una sonrisa dulce.
Pero esa mañana se equivocó.
Me dio el lonchero azul de Diego en lugar del mío.
Al mediodía, en la obra, lo abrí y vi su pastillero. Me preocupé porque Diego debía tomar sus medicinas a la una: nitroglicerina, betabloqueadores, todo eso que mantenía su corazón funcionando.
Don Miguel, que había sido médico militar, vio las pastillas y se quedó serio.
“Déjame ver una.”
La raspó con una navajita. La pastilla se deshizo como harina.
“Esto no es medicina, Javier. Es polvo compactado. Azúcar, harina, quién sabe. Pero medicina no es.”
Sentí que el mundo se me movía.
Llamé a Diego. No contestó.
Llamé a Mariana.
“¡Ay, don Javi!”, gritó apenas le dije lo del lonchero. “Me di cuenta tardísimo. Iba saliendo a dejar a Sofía a la escuela y me equivoqué. No se preocupe, yo le llevo sus medicinas.”
Le dije lo que Miguel había descubierto.
Hubo silencio.
Después Mariana soltó una risita nerviosa.
“Ah, eso… no se asuste. Es un tratamiento nuevo. Un doctor de Monterrey, especialista carísimo, le mandó a Diego un ciclo placebo para desintoxicarlo antes de cambiarle la medicina. Si Diego sabe que no está tomando medicina real, se altera y se nos puede morir del susto.”
Quise creerle.
Quise.
Pero Miguel me miró con rabia.
“Javier, quitarle de golpe la medicina a un enfermo del corazón no es tratamiento. Es sentencia.”
Tres días después fui a la casa. Mariana intentó detenerme en la entrada.
“Diego está descansando. No puede recibir emociones fuertes.”
La ignoré y subí.
Encontré a mi hijo en la cama, gris, sudando frío, con los labios medio morados y los tobillos hinchados. Respiraba como si tuviera piedras en el pecho.
“Papá… me siento raro”, murmuró.
Entonces le pregunté:
“¿Cómo va el tratamiento con el doctor de Monterrey?”
Diego frunció el ceño.
“¿Cuál doctor?”
Mariana se quedó tiesa.
Y en ese instante entendí que no había ningún tratamiento.
Mi hijo no se estaba curando.
Alguien lo estaba dejando morir.
La última imagen que vi antes de salir fue Mariana señalándome la puerta con una frialdad que nunca olvidaré.
Y lo peor era que Diego seguía tragándose esas pastillas falsas, confiando en la mujer que dormía a su lado.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2
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