“¡Es el regalo de mi papá, no lo tires!”, lloró mi hija aferrada a esa asquerosa muñeca de trapo. Cedí por pena, sin imaginar que horas después la encontraría sacando un USB del relleno con un oscuro secreto sobre la nueva esposa.

“¡Es el regalo de mi papá, no lo tires!”, lloró mi hija aferrada a esa asquerosa muñeca de trapo. Cedí por pena, sin imaginar que horas después la encontraría sacando un USB del relleno con un oscuro secreto sobre la nueva esposa.

Del otro lado de la puerta estaba Mateo, el mejor amigo de Alejandro. Tenía la ropa rota, la cara golpeada y miraba hacia todos lados con paranoia.

Abrí apenas unos centímetros, agarrando un cuchillo de cocina con mi mano libre.

—Elena, por lo que más quieras, déjame entrar. Nos están siguiendo —suplicó, sin aliento.

Lo dejé pasar y le eché doble llave a la puerta. Mateo se desplomó en el sillón y me confirmó mi peor pesadilla: Alejandro llevaba semanas desaparecido de su propia empresa. Cuando Mateo intentó visitarlo en su mansión en Polanco, Camila siempre inventaba excusas. Hasta que ayer, Mateo se coló por la puerta de servicio y lo vio.

—Elena, lo tienen en una silla de ruedas, babeando, drogado hasta la médula —Mateo se agarró la cabeza, llorando—. Camila no es quien dice ser. Descubrí que la muerte de los padres de Alejandro hace unos meses en ese “”accidente”” de carretera… no fue un accidente. Ella los mandó matar para que Alejandro heredara todo.

Le mostré la nota y el USB. Mateo palideció.

—Tenemos que contactar a Don Arturo, el viejo abogado de la familia. Es el único en el que podemos confiar.

Pero antes de que pudiéramos hacer un plan, mi celular vibró. Era un número desconocido.

Contesté y puse el altavoz.

—Hola, Elena —la voz de Camila era dulce, venenosa y aterradoramente calmada—. Supongo que ya encontraste el regalito de tu ex.

El corazón se me detuvo.

—¿Qué quieres? —exigí, sintiendo que me faltaba el aire.

—Quiero mi USB. Y quiero que dejes de jugar al detective. Por cierto, deberías tener más cuidado con a quién le dejas a tu hija en el kínder. Es tan fácil que una “”tía”” pase a recogerla…

De fondo, escuché el llanto aterrado de Sofi: ¡Mami, tengo miedo!

—¡Si le tocas un pelo a mi hija, te mato! —grité, perdiendo la cabeza.

—Trae la USB a la vieja casona de la familia de Alejandro en Coyoacán. Tienes una hora. Si llamas a la policía, la niña no amanece.

Cortó la llamada. Mateo y yo salimos corriendo. Sabíamos que era una trampa mortal, pero no tenía opción. Mateo llamó a Don Arturo en el camino para que enviara seguridad privada, pero yo no podía esperar.

Llegamos a la Casona de Coyoacán, una propiedad colonial enorme y lúgubre. Al entrar al patio central, vi a Sofi amarrada a una silla. Corrí hacia ella, pero dos hombres armados me interceptaron.

De las sombras salió Camila, sonriendo. Pero había algo raro. Su mirada era vacía, sus movimientos robóticos.

—Dame el USB —exigió.

Se lo lancé a los pies. Ella sonrió, pero en ese momento, las sirenas de la policía privada de Don Arturo comenzaron a sonar en la calle. Los matones entraron en pánico.

—¡La policía! —gritó Mateo.

Agarré a Sofi y me escondí detrás de unas columnas, pero de repente, sentí el cañón de una pistola en mi espalda.

—Caminas hacia adentro o aquí mismo las mato a las dos —susurró una voz que conocía mejor que la mía.

Me giré lentamente. No lo podía creer.

Era Patricia. Mi psicóloga. Mi mejor amiga. La mujer que estuvo conmigo cada noche que lloré cuando Alejandro me engañó. La que me convenció de firmar el divorcio rápido.

—¿Patricia? ¿Qué haces aquí? —tartamudeé, en shock.

—Ay, Elena. Siempre fuiste tan predecible —se burló Patricia, empujándome hacia el interior de la casona oscura—. ¿De verdad creíste que Alejandro te engañó por casualidad? Yo lo planeé todo. Yo le presenté a Camila. Yo me encargué de que te divorciaras para que ella pudiera casarse con él y heredar los millones de su familia. Y yo le receto las drogas que lo tienen como un vegetal.

El mundo se me vino abajo. Mi mayor apoyo había sido mi peor verduga.

Patricia me empujó por unas escaleras de piedra que llevaban a la antigua cisterna subterránea de la casona. Allí abajo, atado a un pilar, estaba Alejandro, apenas consciente.

Patricia nos encerró a los tres en ese calabozo de piedra.

—El USB que trajiste era solo una copia, Elena. Sabemos que el verdadero tesoro de la familia, las escrituras y el oro colonial, están ocultos aquí abajo. Y como Alejandro no quiere hablar, ustedes morirán con él.

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