PARTE 1
—Tres años. Tres malditos años sin pasar un solo peso de pensión, y cuando por fin se acuerda de que tiene una hija, ¿le manda esta basura? —grité, sintiendo que la sangre me hervía de coraje.
Después de nuestro divorcio, Alejandro desapareció de la faz de la tierra. Se casó con Camila, la heredera de una de las familias más ricas de Polanco, y su boda salió en todas las revistas de sociedad. Dejó a su familia por dinero, lujos y viajes a Europa. Y ahora, de la nada, un mensajero acababa de entregar un paquete a cobro revertido en mi humilde departamento.
Adentro venía una muñeca de trapo vieja, sucia y descosida. Era una burla. Una bofetada en la cara.
Agarré la muñeca de una pierna, dispuesta a tirarla al bote de basura, pero Sofi, mi niña de cinco años, se me echó encima como un animalito defendiendo su cría.
—¡No, mami, no la tires! —lloraba hasta quedarse sin aire, aferrándose a esa cosa mugrosa—. ¡Es el regalo de mi papá! ¡Me la mandó mi papá!
Se me partió el alma. Para Sofi, la palabra “”papá”” era solo un fantasma. Me tragué el coraje y le dejé la muñeca. Pensé que a los dos días se aburriría de ella.
Pero esa misma madrugada, me despertó un ruido extraño.
Rasch… rasch…
Sonaba como si un ratón estuviera royendo algo en el cuarto de mi hija. Me levanté de la cama con el corazón latiendo a mil por hora, caminé descalza por el pasillo y empujé la puerta entreabierta.
Lo que vi me heló la sangre.
Sofi no estaba dormida. Estaba sentada en el piso frío, iluminada apenas por la luz de la calle. Tenía la muñeca de trapo en las piernas y, con sus manitas, estaba sacando algo por la costura rota del estómago. Lo hacía con una concentración perturbadora, como si alguien le hubiera enseñado exactamente cómo hacerlo.
En el piso ya había un papel arrugado y un paquetito envuelto en muchísimas capas de plástico transparente.
—¿Sofi? —susurré.
Mi hija dio un respingo, aterrorizada, y trató de esconder las cosas en su espalda. Tenía los ojitos llorosos.
—Mami… mi papá me dijo que tenía que sacar esto en secreto. Que no dejara que la mujer mala lo viera.
Sentí un nudo en el estómago. Acosté a Sofi, le prometí que yo guardaría su tesoro y esperé a que se durmiera.
Con las manos temblando, desdoblé el papel arrugado. Reconocí la letra de Alejandro de inmediato, aunque estaba torcida, como si hubiera escrito temblando de terror. Solo había una línea:
“”Sálvame. No confíes en ella.””
Comencé a desenvolver el plástico desesperadamente. Adentro había una memoria USB negra y una copia de una credencial de elector (INE). La foto era de Camila, la flamante nueva esposa millonaria de Alejandro. Pero el nombre en la credencial no era Camila. Decía: Lucía Hernández, originaria de un pueblo marginado en la sierra.
Corrí a mi laptop, cerré la puerta con seguro y conecté la USB. Solo había videos. Abrí el primero y me tapé la boca para no gritar.
Apareció Alejandro. Estaba en los huesos, con ojeras moradas y la mirada perdida. Parecía estar encerrado en un sótano oscuro.
—Elena, si estás viendo esto, es porque ya no tengo tiempo —su voz sonaba rasposa, rota—. Me metí en algo terrible. La mujer con la que me casé… es un monstruo. Me tiene secuestrado. Todos los días me obliga a tomar unas pastillas que me borran la mente. Me está robando todo. No vayas a la policía, los tiene comprados. Su verdadero objetivo es…
El video se cortó bruscamente cuando se escucharon pasos al fondo.
Me quedé paralizada, con el sudor frío recorriéndome la espalda. El hombre que me había destrozado la vida estaba a punto de ser asesinado.
En ese preciso instante, a las tres de la mañana, alguien empezó a golpear la puerta de mi departamento con una violencia que hizo retumbar las paredes.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Me acerqué a la mirilla, temblando. Al ver quién estaba del otro lado, supe que no podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
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