Una niña apareció tras la cortina con la mano pegada al vidrio, mientras su abuelo juraba que solo estaba enferma; cuando la vecina escuchó -YILUX

Una niña apareció tras la cortina con la mano pegada al vidrio, mientras su abuelo juraba que solo estaba enferma; cuando la vecina escuchó -YILUX

Valentina permaneció inmóvil detrás de la cortina, con la palma aplastada contra el vidrio empañado, mientras sus ojos parecían pedir algo que ni siquiera sabía explicar.

Lupita sintió un escalofrío subirle por la espalda y tomó el teléfono casi por impulso, apuntando directamente hacia la ventana iluminada de la casa vecina.

No sabía exactamente qué esperaba grabar, pero por primera vez en semanas tuvo miedo de que, si no hacía algo, después fuera demasiado tarde.

La imagen temblaba porque sus manos no dejaban de moverse. La cortina se cerró de golpe y la silueta de Valentina desapareció inmediatamente, como si alguien la hubiera jalado.

Entonces se escuchó un ruido seco dentro de la casa.

Algo cayó.

Después vino un silencio tan pesado que Lupita dejó de respirar unos segundos, esperando escuchar un llanto, un grito o cualquier cosa que confirmara sus sospechas.

Pero no hubo nada.

Solo la televisión vieja de don Roberto hablando bajito detrás de las paredes y el ladrido lejano de un perro en otra calle de la colonia.

Lupita pasó toda la madrugada despierta revisando el video una y otra vez, intentando convencerse de que no estaba imaginando cosas donde no las había.

A las seis de la mañana volvió a marcarle a Mariana.

Esta vez la hija de don Roberto tardó mucho más en responder.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó con la voz ronca, claramente molesta por haber despertado temprano.

—Tu hija pidió ayuda anoche. La vi. La grabé. Algo está mal en esa casa.

Mariana guardó silencio algunos segundos.

Lupita escuchó tráfico del otro lado de la llamada, como si ella estuviera dentro de un coche o camino al trabajo.

—Mi papá jamás le haría daño a Vale. Tú no sabes todo lo que él ha hecho por nosotras.

—Yo tampoco quiero pensar eso, pero esa niña está aterrada.

—Está pasando por una etapa difícil. Desde el divorcio duerme mal, llora mucho, inventa cosas. Mi papá ya la llevó con doctores.

—Los niños no miran así porque sí.

Mariana exhaló cansada.

—Voy a ir hoy en la noche. Pero por favor deja de meterte en problemas ajenos, Lupita.

La llamada terminó dejando a la mujer todavía más inquieta que antes.

Durante el resto del día no ocurrió nada extraño.

Don Roberto salió solamente una vez para sacar la basura y comprar tortillas en la esquina. Caminaba lento, con las manos detrás de la espalda y el rostro cansado.

Hasta parecía un abuelo normal.

Eso confundía todavía más a Lupita.

Porque los monstruos, pensó, rara vez parecen monstruos frente a todos.

Cerca de las ocho de la noche apareció Mariana frente a la casa de su padre. Llevaba el cabello recogido y el uniforme arrugado del hospital donde trabajaba como enfermera.

Lupita observó desde la ventana cómo tocaba la puerta rápidamente.

Don Roberto abrió casi de inmediato.

Discutieron apenas unos segundos antes de entrar.

La cortina volvió a cerrarse.

Pasó casi una hora sin movimiento.

Después comenzaron los gritos.

No eran gritos fuertes.

Eran discusiones ahogadas, como personas intentando no llamar la atención de los vecinos. Pero Lupita alcanzó a distinguir claramente la voz de Mariana

—¡¿Por qué no me dijiste?!

Luego la voz grave de don Roberto respondió algo imposible de entender.

Después un llanto.

Lupita se acercó todavía más a la ventana.

El corazón le golpeaba tan fuerte que sentía marearse.

Y entonces vio algo que la dejó paralizada.

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