Esa frase me dejó frío.
—¿Qué significa eso?
Elena no respondió enseguida. Fue al baño, abrió la puerta y dejó la sábana adentro, como si quisiera esconder no solo la mancha, sino la noche entera. Luego salió con el vestido en la mano.
—Significa que esto fue una estupidez y que tú tienes una reunión en dos horas. Vístete. Olvídalo. Yo voy a hacer lo mismo.
Yo la conocía lo suficiente para saber que cuando hablaba así era porque estaba a punto de quebrarse o de huir.
—No voy a dejar que te vayas así.
Ella sonrió, pero sin humor.
—Carlos, tú llevas tres años dejándome ir.
Eso me cerró la boca.
Me dio la espalda. Ya no parecía la mujer que había dormido a mi lado unas horas antes. En menos de cinco minutos habíamos pasado de compartir una cama a ser dos extraños con demasiada historia encima.
Antes de salir, se detuvo en la puerta.
No volteó.
—Si te acuerdas de mí después de hoy… hazte el favor de recordarme como anoche. No como esta mañana.
Y se fue.
Yo no la seguí.
Durante semanas me odié por eso.
Seguí con el viaje, con las juntas, con los planos del resort, con los ingenieros, con los números y las firmas. Pero desde esa mañana algo se me quedó atorado en el cuerpo.
Le escribí esa misma tarde:
¿Estás bien?
Tardó horas en contestar.
Sí. No me busques.
Eso fue todo.
Dos días después regresé a la Ciudad de México. Quise convencerme de que la mancha podía tener una explicación simple. Que quizá Elena estaba enferma. Que tal vez solo había sentido vergüenza. Que a lo mejor yo estaba exagerando porque la culpa de haber dormido con mi exesposa estaba buscando una excusa para seguir pensando en ella.
Intenté estar normal.
No pude.
Le escribí otra vez una semana después.
No respondió.
Intenté llamarla.
Me mandó a buzón.
Una amiga en común me dijo que Elena había pedido unos días libres en el hotel y que nadie sabía bien dónde estaba. Eso me preocupó más de lo que quería admitir.
O tal vez fue lo que me repetí para no aceptar que seguía importándome.
Hasta que pasó un mes.
Era martes. Llovía en la Ciudad de México y yo estaba atorado sobre Periférico, contestando audios de obra, cuando entró una llamada de un número desconocido de Quintana Roo.
Contesté sin pensar.
—¿Bueno?
La voz de una mujer sonaba tensa, profesional.
—¿El señor Carlos Medina?
Sentí que algo se me revolvía en el estómago.
—Sí, él habla.
—Le llamamos del Hospital General de Cancún. La señora Elena Ríos lo dejó registrado como contacto de emergencia.
Por un segundo no entendí lo que acababa de escuchar.
Contacto de emergencia.
Yo.
Después de tres años.
Después de una sola noche.
Después de decirme que no la buscara.
—¿Qué pasó? —pregunté, y mi propia voz me sonó ajena.
La mujer hizo una pausa breve, de esas pausas de alguien que intenta decir algo sin soltarlo todo por teléfono.
—La señora fue ingresada esta mañana con sangrado severo y pérdida de conciencia. Entre sus pertenencias tenía su nombre anotado. Necesitamos localizar a un familiar o a una persona de confianza.
El tráfico desapareció.
La lluvia desapareció.
Todo se volvió un zumbido alrededor de una sola palabra.
Sangrado.
—Voy para allá.
Colgué, metí el coche en la primera salida que pude y manejé al aeropuerto como si todavía hubiera algo que pudiera alcanzarse llegando a tiempo.
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