Su hijo de 23 años le dio un puñetazo en la cara. Al día siguiente, ella le preparó una cena completa — cuidadosamente planeada y bellamente servida —

Su hijo de 23 años le dio un puñetazo en la cara. Al día siguiente, ella le preparó una cena completa — cuidadosamente planeada y bellamente servida —

Mateo no sabía que alguien ya estaba esperando en la sala.

Y cuando escuchó la voz de su padre decir “Buenas noches, Mateo”, el color se le fue de la cara.

No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar.

PARTE 2

Mateo se quedó inmóvil al pie de la escalera, con la misma expresión de cuando era niño y lo descubrían en una mentira.

Roberto estaba sentado junto a la mesa, con camisa blanca, el cabello más canoso que la última vez y una mirada que no tenía nada de nostalgia. No fue un reencuentro bonito. No hubo abrazos. No hubo “hijo, cuánto has crecido”.

Solo silencio.

—¿Qué haces aquí? —escupió Mateo.

Roberto no levantó la voz.

—Tu madre me llamó.

Mateo miró a Elena con rabia.

—¿Ahora vas a traerlo para darme lecciones? ¿Después de todo lo que él hizo?

Elena sirvió agua en los vasos. Su mano tembló un poco, pero no se detuvo.

—Siéntate.

—No me des órdenes.

—Siéntate, Mateo —repitió ella—. Por primera vez en muchos años, vas a escuchar.

Él soltó una carcajada amarga, pero se sentó. Quizá por orgullo. Quizá porque la presencia de Roberto le removió algo que no quería admitir.

La cena estaba perfecta. Carne en salsa roja, arroz blanco, frijoles de la olla, tortillas calientes envueltas en servilleta de tela. Pero nadie comía.

Roberto miró el pómulo hinchado de Elena. Su mandíbula se tensó.

—¿Le hiciste eso?

Mateo apretó los puños sobre la mesa.

—No sabes nada.

—Sé suficiente.

—¡Tú no tienes derecho a venir a juzgarme! —gritó Mateo—. Tú nos abandonaste. Tú dejaste que mi mamá cargara con todo. Tú eres el culpable de que yo esté así.

Roberto respiró hondo.

—Sí. Me fui. Y eso fue una cobardía. Pero yo no puse tu mano en la cara de tu madre.

La frase cayó como un plato estrellándose contra el piso.

Mateo desvió la mirada, furioso.

—Ella siempre se hace la víctima.

Entonces Elena dejó el cucharón sobre la mesa.

—No, Mateo. Yo me hice fuerte. Que tú lo confundas con permiso para destruirme es otra cosa.

Él se levantó de golpe.

—Ya me voy.

—No —dijo Roberto—. Todavía falta alguien.

Mateo frunció el ceño.

En ese momento sonó el timbre.

Elena caminó hacia la puerta. Desde la mesa, Mateo alcanzó a ver a una mujer de unos cuarenta años, cabello recogido, carpeta en mano. Junto a ella venía una muchacha joven, con chaleco del DIF municipal.

—¿Qué es esto? —preguntó Mateo, esta vez con miedo real en la voz.

—Es una trabajadora social —contestó Elena—. Y también hablé con una abogada.

Mateo palideció.

—¿Me vas a denunciar?

Elena lo miró como si esa pregunta le hubiera dolido más que el golpe.

—Ayer me pregunté lo mismo toda la noche. Y entendí algo. Si no hago nada, mañana puede ser peor. Para mí. Para ti. Para quien se cruce en tu camino.

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