—Hablen bajo —susurró ella—. Si son quienes creo, no tienen mucho tiempo.
Teresa retrocedió, asustada.
—¿Quién es usted?
La mujer dejó la lámpara sobre una caja.
—Me llamo Eulalia. Y no son los primeros padres que llegan aquí temblando, con arena en la ropa y traición en los ojos.
Don Ricardo sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué está diciendo?
Eulalia lo miró con una dureza triste.
—Que sus hijos no inventaron esto. Alguien les enseñó.
Arriba, la puerta de la cabaña se abrió de golpe.
Los tres se congelaron.
Se escucharon pasos.
Uno pesado.
Otro más ligero.
Teresa empezó a llorar en silencio.
Don Ricardo subió la vista hacia el techo de madera.
Reconoció esa forma de caminar.
Luis.
Y Mariana.
La sangre se le heló.
—Nos siguieron —murmuró.
Eulalia negó con la cabeza.
—No. Ellos no los siguieron. Ellos regresaron porque venían por algo.
Arriba se oyó la voz de Luis.
—Te dije que entraron aquí.
Mariana respondió, nerviosa.
—No deberíamos estar haciendo esto.
—Ya empezamos. Ahora terminamos.
Don Ricardo cerró los ojos.
No era duda.
No era desesperación.
Era decisión.
Sus hijos habían vuelto.
No por culpa.
No para salvarlos.
Para rematar algo.
Eulalia se acercó a una estantería y retiró unas mantas.
Detrás apareció una puerta angosta de hierro.
—Si bajaron hasta aquí, ya no hay tiempo para mentiras —dijo—. Tienen derecho a saber.
Abrió la puerta.
Al otro lado había un cuarto pequeño.
Lleno de cajas.
Archiveros.
Fotografías.
Carpetas con nombres escritos a mano.
Teresa miró todo sin entender.
—¿Qué es esto?
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