—¿Qué dice? —preguntó Teresa, casi sin voz.
Él tragó saliva antes de responder.

—Dice que vayamos al sótano… antes de que regresen.
Teresa palideció.
—¿Quiénes?
Don Ricardo no contestó.
Porque, en el fondo, ambos pensaron lo mismo.
Luis y Mariana.
El viejo levantó la vista y recorrió la cabaña otra vez.
Parecía humilde, pero no abandonada.
Todo estaba demasiado limpio.
Demasiado dispuesto.
Como si alguien hubiera esperado exactamente ese momento.
—No quiero quedarme aquí —susurró Teresa.
—Ni yo.
Entonces se escuchó un ruido.
Un crujido seco.
Afuera.
Como llantas pisando grava.
Los dos se quedaron inmóviles.
No fue imaginación.
Era un motor.
Lejano, pero acercándose.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—No… no puede ser.
Don Ricardo apretó la nota.
—Al sótano. Ahora.
Buscaron con la mirada y vieron una trampilla de madera al fondo, medio escondida bajo una alfombra áspera.
Don Ricardo la levantó de un tirón.
Debajo había una argolla de metal.
La abrió con esfuerzo.
Un golpe de aire frío subió desde la oscuridad.
No olía a encierro.
Olía a tierra, a madera vieja… y a algo más.
A vida.
Bajaron como pudieron por una escalera estrecha.
Don Ricardo cerró la trampilla sobre sus cabezas justo cuando el ruido del motor se detuvo frente a la cabaña.
La oscuridad era casi total.
Solo una rendija de luz se colaba entre las tablas.
Teresa respiraba tan fuerte que parecía que el pecho se le iba a romper.
—Ricardo… tengo miedo.
Él buscó su mano a tientas.
—Yo también.
De pronto, una chispa iluminó el sótano.
Una lámpara de aceite.
Alguien la había encendido.
Los dos dieron un salto.
Y entonces vieron a la mujer.
Era anciana.
Delgada.
Cabello blanco recogido en una trenza larga.
Rostro marcado por el sol y por años que no habían sido amables.
Pero sus ojos estaban vivos.
Atentos.
Dolorosamente atentos.
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