—No sé si debería llamarte —dijo—. Pero quería que supieras que inicié terapia. Y que… gracias. No por salvarme la vida. Por mostrarme que se puede salir de una jaula aunque tú misma hayas puesto la llave.
Colgué y miré por la ventana. La ciudad seguía girando. Los mismos ruidos, las mismas prisas, el mismo sol. Pero algo había cambiado. Ya no caminaba con el peso de tener que demostrar que merecía estar ahí. Ya no medía mis palabras para no incomodar. Ya no guardaba secretos para sobrevivir.
La partida no la gané con venganza. La gané con paciencia. Con evidencia. Con la decisión silenciosa de dejar de pedir permiso para existir.
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