Miré a mi marido. Estaba tumbado de espaldas, respirando lenta y pausadamente.
—Me estás asustando —susurré.
La voz de Mara se convirtió en un grito. “¡Hazlo ya!”
Me moví antes de poder cuestionarlo.
Me levanté de la cama, agarré el cargador del teléfono sin pensarlo y me escabullí al pasillo. Detrás de mí, Caleb se movió.
—¿Elise? —murmuró.
Me quedé paralizado.
—Voy a buscar agua —dije.
No respondió.
Apagué la luz del pasillo, luego la de la cocina y después la lámpara del salón que Caleb siempre dejaba encendida. Me temblaban tanto las manos que casi se me cae el teléfono. Mara permaneció en la línea, en silencio, salvo por su respiración.
En las escaleras del ático, susurró: “No cu
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