PARTE 1:
“Si te estás desangrando, ponte una toalla y deja de arruinarme mi cumpleaños.”
Eso fue lo último que Diego me dijo antes de cerrar su maleta negra con un golpe seco.
Yo estaba sentada en el piso del cuarto del bebé, con una mano agarrada de la cuna blanca y la otra presionando mi vientre todavía hinchado por el parto. Mateo había nacido apenas ocho días antes, y esos ocho días habían sido una mezcla de amor, miedo, desvelo y dolor físico que yo jamás imaginé.
Pero esa tarde era diferente.
La sangre no paraba.
La alfombra beige que mi suegra, doña Carmen, había elegido porque “se veía fina y combinaba con la casa” ya tenía una mancha oscura creciendo debajo de mis piernas. La veía extenderse lentamente, como si estuviera tragándose el cuarto entero.
“Diego, por favor… necesito ir al hospital”, dije casi sin voz.
Él salió del vestidor con una camisa blanca impecable, lentes de sol de diseñador sobre la cabeza y el perfume caro que siempre usaba cuando quería impresionar a alguien.
“Ay, Mariana, otra vez con tus dramas”, murmuró mientras se veía en el espejo. “Mi mamá dijo que todas las mujeres sangran después de parir. No eres la primera mujer en México que tiene un hijo.”
“Esto no es normal”, le dije, intentando levantarme. “Me estoy mareando. Siento que me voy a desmayar.”
Mateo empezó a llorar en su moisés. Ese llanto chiquito me rompió más que cualquier dolor. Yo quería cargarlo, calmarlo, decirle que mamá estaba ahí, pero mis brazos ya no me respondían bien.
Diego ni siquiera se acercó.
“Ya pagué la cabaña en Valle de Bravo”, dijo, mirando su celular. “Van mis amigos, hay cena privada, mariachi y una reservación carísima. No voy a cancelar todo porque tú quieres ser el centro de atención.”
“Llama a una ambulancia. Llama a tu mamá. A quien sea”, supliqué.
Él soltó una risa amarga.
“¿Quieres que llegue una ambulancia para que todos los vecinos digan que soy un monstruo por irme a celebrar mi cumpleaños? No, Mariana. No me vas a manipular así.”
Por un segundo miró la sangre. Lo vi. Vi cómo su cara cambió. Vio la mancha, vio mis labios secos, vio mis manos temblando.
Pero decidió mirar hacia otro lado.
“Siempre exageras”, dijo con voz fría. “Desde el embarazo hiciste un espectáculo de todo.”
Cuando pasó junto a mí, reuní la poca fuerza que me quedaba y le agarré el pantalón.
“Diego, mírame. Te lo estoy rogando.”
Él jaló la pierna con violencia.
“No me chantajees. Es mi cumpleaños número treinta y cinco. Me merezco un día de paz.”
Caminó hacia la puerta principal. Antes de salir, gritó desde el pasillo:
“Voy a poner el celular en modo avión. No quiero tus mensajes tóxicos mientras intento disfrutar.”
La puerta se cerró.
Luego escuché el motor de su camioneta arrancar.
Afuera, la vida seguía normal. Un vecino regaba las plantas. Un perro ladraba. El sol de Querétaro entraba por las ventanas enormes de la casa que Diego compró para presumirles a sus socios.
Adentro, mi bebé lloraba y yo ya no podía mover las piernas.
Estiré la mano hacia el buró, donde estaba mi celular. Mis dedos apenas lograron tirarlo al piso. La pantalla se encendió frente a mi cara.
Una notificación apareció.
Leave a Comment