Ocho meses.
La cifra me cayó en el cuerpo como un golpe atrasado.
Ocho meses de juntas en Santa Fe, de viajes a Guadalajara, de perfumes ajenos, de llamadas contestadas en el balcón. Ocho meses diciéndome que estaba exagerando, que mis inseguridades eran agotadoras, que una mujer madura no hacía escenas.
“Ocho meses”, repetí.
Alejandro me miró.
“Valeria, fue un error.”
“No”, dije. “Un error es olvidar comprar tortillas. Esto fue logística.”
Javier apretó los puños sobre la mesa.
Daniela empezó a llorar.
“Perdón”, dijo.
“¿A quién?”, pregunté.
Ella parpadeó.
“A los dos.”
“No. Inténtalo otra vez. Estás perdonando porque te cacharon frente a tu marido.”
Alejandro golpeó la mesa con los dedos.
“No la ataques.”
Ahí estuvo.
El reflejo.
Proteger a la amante. Controlar a la esposa.
Javier lo miró como si acabara de entenderlo todo.
“¿La estás defendiendo?”
Alejandro respiró hondo.
“Solo digo que no hay que ser crueles.”
Me reí, pero esta vez sin humor.
“Cruel fue traerla al restaurante al que me negaste venir durante años. Cruel fue decirme que era superficial por querer una noche bonita contigo. Cruel fue hacerme sentir ridícula por pedir romance, mientras le apartabas mesa junto al ventanal a ella.”
Daniela se tapó la boca.
Alejandro bajó la mirada.
Bien. Se acordaba.
Abrí mi bolsa y saqué una carpeta.
Él palideció.
“Valeria…”
“No traje flores”, dije. “Traje documentos.”
Puse sobre la mesa copias de recibos, capturas de mensajes, reservaciones de hoteles y cargos del despacho marcados como comidas con clientes.
Javier tomó una hoja. La leyó. Luego otra.
Daniela dejó de llorar.
“Alejandro”, dijo, con una voz distinta. “Me dijiste que tú pagabas esos viajes.”
Él no contestó.
“También te mintió a ti”, dije. “Eso hace. Miente por mayoreo.”
Javier se levantó de golpe.
Daniela intentó agarrarle la mano.
“Por favor, vámonos a hablar.”
Él se soltó.
“Tuviste ocho meses para hablar.”
Luego me miró.
“Lamento no haber sabido por qué me invitó.”
“Lamento haber tenido que hacerlo así”, respondí.
Javier dejó la servilleta sobre la mesa.
“Daniela, no vuelvas a la casa esta noche.”
Ella se descompuso.
“Javi…”
“Lo digo en serio.”
Se fue hacia la salida. Daniela quiso seguirlo, pero Alejandro la sujetó de la muñeca.
Fue apenas un segundo.
Pero todos lo vimos.
Control.
Daniela también lo vio.
Se soltó de inmediato, tomó su bolso y salió sin mirar atrás.
Entonces quedamos Alejandro y yo.
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