Mauricio soltó el brazo de Lucero de golpe, retrocediendo 2 pasos con el rostro mortalmente pálido.
—Don Alejandro… yo solo quería…
El anciano lo ignoró. Con pasos pesados, acortó los 3 metros de distancia que lo separaban de la joven. Sus ojos oscuros, que durante décadas habían aterrorizado a cientos de ejecutivos, estaban desbordados por las lágrimas.
—Ese collar de plata… —susurró Alejandro, con la voz frágil—. Dime, ¿de dónde lo sacaste?
Lucero tragó saliva, sintiendo las miradas de todos clavadas sobre ella.
—Era de mi madre adoptiva, Doña Carmen —respondió con firmeza—. Me lo dejó antes de morir. Me encontró en 1 hospital hace 30 años, después de 1 terrible incendio automovilístico cerca de la carretera a Cuernavaca. Yo tenía 1 fuerte fiebre, 1 cicatriz en el hombro y esta pieza aferrada en mis manos.
Doña Beatriz soltó 1 sollozo desgarrador y sacó de su bolso 1 vieja cadena de oro. De ella colgaba la otra mitad exacta de ese sol de plata.
Las 2 piezas artesanales, separadas por 3 décadas de sufrimiento, parecían llamarse en silencio.
Mauricio, sudando a mares por no perder el control, soltó 1 carcajada fingida y nerviosa.
—Don Alejandro, por favor, esto es 1 locura. En los mercados del centro venden 1000 collares corrientes iguales. Mi esposa es de 1 barrio pobre, seguro su madre lo robó en la calle…
Doña Beatriz lo fulminó con 1 mirada de desprecio absoluto.
—Cállese, infeliz. Ningún collar barato de tianguis tiene 1 inscripción secreta grabada en el reverso.
Alejandro, ignorando a Mauricio, miró a Lucero con 1 profunda reverencia.
—¿Me permites verlo? —rogó el anciano.
Lucero asintió, con el corazón latiendo a 100 por hora. El hombre más poderoso del país tomó el medallón y lo giró. Allí, borrosas por el tiempo pero legibles, estaban las letras grabadas: “N.E. — 1 luz siempre vuelve”.
Alejandro cerró los ojos con fuerza, se llevó 1 mano temblorosa al pecho y cayó de rodillas frente a la joven del vestido barato.
—Natalia Elizondo… —lloró el hombre, aferrándose al humilde vestido de Lucero—. Eres mi hija. Mi pequeña Natalia.
El silencio fue sepulcral.
Lucero sintió que el piso desaparecía. Doña Carmen le había brindado 1 amor puro, pero siempre hubo 1 vacío sobre su origen.
—La fatídica noche del accidente… —explicó Doña Beatriz ahogada en llanto—. Nos dijeron que el coche se había incendiado. Que no había ni 1 solo sobreviviente. Enterramos 1 ataúd casi vacío y lloramos sobre esa tumba durante 30 malditos años.
Alejandro alzó la vista hacia Lucero.
—Pagué a más de 50 investigadores. Jamás dejé de buscarte en los primeros 10 años. Y hoy el destino te pone frente a mí.
Mauricio, procesando que la mujer a la que llamó “sirvienta” era la única heredera del imperio Elizondo, cambió de actitud en 1 segundo.
—¡Mi amor! —exclamó Mauricio, intentando rodear a Lucero por la cintura—. ¡Esto es 1 milagro! Siempre supe que había 1 razón mágica por la que me enamoré de ti. ¡Eres 1 Elizondo! Don Alejandro, le juro que la he cuidado como a 1 reina durante estos años.
Antes de que pudiera tocarla, Lucero se apartó con 1 evidente gesto de repulsión.
—No te atrevas a tocarme —pronunció ella con 1 voz fría.
Mauricio palideció.
—Lucero, preciosa, la emoción te tiene confundida…
—No estoy confundida, Mauricio. Por 1ra vez en 5 años, veo la realidad con 1 absoluta claridad —Lucero le devolvió exactamente la misma mirada de desdén que él le dio antes de bajar del auto—. Hace menos de 1 hora me dijiste en la cara que mi ropa era 1 vergüenza. Me mandaste a esconderme porque yo no pertenezco a tu nivel. Llevas años despreciando a la santa mujer que me dio de comer cuando me moría de hambre, exigiéndome que sea invisible. Pero ahora que soy la hija biológica de tu jefe, de repente soy el gran amor de tu vida.
Los inversionistas lo miraban con asco.
—Estás exagerando frente a todos, mi amor…
—No —lo cortó ella—. Estoy despertando de 1 pesadilla. Tú amas tu estatus y el poder. Y jamás volveré a ser 1 simple adorno en tu vitrina de mentiras.
Don Alejandro se puso de pie, su mirada convertida en 1 bloque de hielo al fijarse en Mauricio Garza.
—Garza. Está usted oficialmente despedido de mis empresas —sentenció el magnate—. Y le sugiero que desaparezca de mi vista en los próximos 10 segundos, antes de que utilice cada 1 de mis recursos para arruinarle la vida.
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